El elevador era lo suficientemente espacioso, así que dio un paso hacia Susana Yáñez para dejar un hueco libre.
Sin embargo, la voz del hombre exigió de inmediato:
—Por favor, les pido que salgan primero y nos cedan el paso. El señor Corona tiene dificultades de movilidad.
Justo cuando las palabras quedaron en el aire, un grupo de personas apareció frente a las puertas abiertas.
Leandro Corona estaba en su silla de ruedas, empujado por su guardaespaldas. A su lado, deslumbrante como una estrella, estaba Isabel Molina; el altivo Zabdiel Zavala y... una completamente transformada Ximena Salas.
—¡¿Ximena?! —exclamó Susana, tomada por sorpresa.
Llevada por la emoción, dio un paso hacia adelante, pero Ricardo Lira la detuvo de un tirón.
Salir ahora significaba cederles el paso al grupito de Isabel.
Ricardo clavó su mirada directamente en Zabdiel.
Zabdiel soltó una risita burlona.
—¡Pase usted primero, señor!
La mirada de Ricardo se desvió levemente.
—Ximena, estoy en el salón privado 206 en el quinto piso. Ven a verme cuando tengas un momento.
Las puertas del elevador se cerraron lentamente.
Isabel Molina estaba a punto de arrancarse el cabello.
—¡¿Cómo es posible que esa mujer esté en todas partes?! Es la primera vez que salimos los cuatro juntos a cenar tranquilamente, y tenemos que cruzarnos con ella. De verdad que...
Leandro se ajustó los lentes oscuros.
—¿Ese era Ricardo Lira? Su hijo se acaba de divorciar, es normal que ande de mal humor. Hay que entenderlo.
No es que a Leandro le molestara Ricardo en sí.
Pero... Isabel tampoco le iba a decir que Sofía Valdivia estaba en el mismo edificio.
Para Leandro, esa mujer estaba mejor muerta.
Al llegar a su piso, Zabdiel se encargó de pedir la cena mientras Leandro permanecía sentado en un silencio sepulcral.
Ximena e Isabel buscaron un rincón apartado para hablar a solas.
—Isa, ¿de qué crees que quiera hablar mi exsuegro conmigo?
Isabel le dio un toquecito en la nariz a Ximena.
—Es el papá de tu ex, ya no es tu suegro.
Ximena bajó la mirada.

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