—Entonces, ¿hay algo que quieras que haga? Ya estoy bien de salud, ahora déjame encargarme de hacer cosas por ti —preguntó Sofía con total sinceridad.
—Quiero...
¡¡Toc, toc, toc!!
Cof, cof...
Lorenzo se enderezó en su asiento, sacó pecho, escondió el vientre y desvió la mirada hacia la puerta.
—Adelante.
La puerta se abrió y Lucas entró con la chica. Ella se quitó la mascarilla, cruzó las manos y dio una reverencia.
—¡Buenas noches, Señor Lira!
—La persona a su lado es mi cuñada, Sofía, la Doctora Valdivia —aclaró Lucas.
La chica levantó la mirada y esbozó una sonrisa deslumbrante.
—¡Mucho gusto, Doctora Valdivia!
Sofía se apresuró a tomarla por los hombros para detener su reverencia. —Somos de la misma edad, no tienes que ser tan formal.
La chica, con una sonrisa radiante, abrió los brazos y le dio un abrazo.
—Me llamo Jazmín Vidal, tengo veintidós años y soy huérfana. Mis padres eran acróbatas de un grupo ambulante; durante un acto de acrobacia en las alturas, el equipo falló y murieron trágicamente al caer. Desde los ocho años he recibido ayuda de la Fundación de Becas Lira, hasta que me gradué el año pasado de la Universidad de Artes y Medios, en la carrera de actuación.
A la chica se le cristalizaron los ojos, pero terminó de contarlo con una dulce y fluida voz, sin perder su sonrisa.
Al no tener padres tampoco, Sofía podía comprender perfectamente por qué, apenas entrar, la chica decidía desnudar su historia ante ellos.
Contar tus orígenes desde el principio evitaba malentendidos y prevenía que los demás invirtieran sentimientos en alguien para luego descubrir que no eran de la misma clase social, ahorrando conflictos y problemas innecesarios.
Era una chica que se conocía, que se valoraba y que tenía un buen corazón.
El corazón de Sofía se ablandó por completo.
—Mi historia es muy similar a la tuya. Yo tampoco tengo padres. Nací y fui abandonada en Sierra Alba; un viejo médico me salvó y desde niña estudié medicina con él, hasta que me gradué de la Universidad Central de Medicina.
Al terminar de presentarse, recibió un segundo abrazo de Jazmín.
—Aunque hayamos perdido a nuestros padres, ganamos a otras personas que nos cuidan. Nuestra felicidad no ha sido menor. ¡Tienes que estar feliz, Doctora!
—Tú también, que seas muy feliz.
Los dos hermanos las separaron, tomando a una cada quien.
—Siéntense.

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