El rostro de Ximena se tiñó de rojo.
—Tienen razón. Hablé de más.
Era evidente; una madre siempre defendería a su hijo, respaldándolo sin importar lo que hiciera.
Apenas había pasado un mes desde el divorcio, y la que fuera su familia ya la hacía a un lado, recibiendo con los brazos abiertos a la nueva mujer de Lucas.
¡Qué cinismo!
¡Qué gente tan insensible!
—Me retiro, entonces —dijo Ximena, cabizbaja, mirando al suelo con decepción.
Abandonar a su marido y a su hijo nunca fue su verdadera "intención".
Todo el drama del divorcio fue obra de Isabel Molina, que la manipuló y la empujó a caer en las redes de Zabdiel.
Ella era la verdadera víctima.
Había perdido a Lucas, a su familia, y había sido separada de su hijo de seis meses. El daño que había sufrido era inmenso.
Pero a nadie le importaba su dolor.
Aun así, no podía dejarse vencer.
Tomó una gran bocanada de aire, se recompuso y, al darse la vuelta, esbozó una sonrisa.
—Abuela, mamá, tías, vendré a visitar a Tiago otro día, cuando el clima mejore.
Había amado a Lucas durante cinco años; esa historia de amor todavía tenía salvación.
—De acuerdo.
Las mujeres de la familia Lira mantuvieron sus modales impecables.
Todas eran tan elegantes y educadas que, por más que la despreciaran en secreto, era imposible criticar su comportamiento.
Ximena trató de suavizar la despedida: —Mi amor, ¿despides a mamá hasta la puerta?
Socorro tomó de inmediato al niño de los brazos de Sofía.
Tomando su manita regordeta, le habló con cariño: —El niño dice que sí, que acompañemos a su mamá.
Mientras caminaba escoltada por las miradas de todos al salir del jardín, Ximena se sentía profundamente humillada.
Apretó los dientes con furia.
—No les quites el ojo de encima —le murmuró a la niñera—. En cuanto Lucas y Jazmín hagan algún movimiento, avísame.
—Sí, señora, no se preocupe.
Con el niño regordete en brazos, Socorro se paró junto a la puerta del auto: —Tiago, despídete de tu mami.
Le levantó la manita para que le dijera adiós.
Ximena se asomó por la ventanilla, mirando al hijo que había llevado en su vientre por nueve meses, y sintió un pequeño rayo de esperanza.
Aunque todo el mundo le diera la espalda, su propio hijo siempre estaría de su lado.
—Adiós, mi amor.
Levantó la mano para responderle el gesto. Ese pedacito de cielo era su único consuelo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA