La luz blanca y fría del pasillo proyectaba un brillo pálido.
Adán Molina y Viviana Vargas estaban de pie, con los brazos entrelazados y los cuerpos pegados.
Valentina abrazaba a su perrito blanco.
Las dos pequeñas bolitas estaban acurrucadas en la silla de cuero.
Valentina apretaba los labios con fuerza, escondiendo el cuello y apoyando su barbilla en el pechito peludo del perro, lista para dos posibles escenarios: echarse a llorar por culpa del susto que le daban sus padres, o aprovechar la primera oportunidad para salir huyendo.
¡Toc, toc!
Leandro llamó a la puerta.
—¡¡Tío Leandro!! —gritó Valentina. Al ver su salvación, saltó de la silla de un brinco.
Movió los bracitos y corrió a toda velocidad.
El perrito cayó al suelo.
El pequeño bichón frisé, hecho una bola blanca, dio un par de volteretas con la barriga hacia arriba, se reincorporó torpemente y corrió tras su dueña con sus patitas cortas.
La niña y el perrito corrieron juntos hacia él.
Leandro cargó primero a la niña y luego miró al perrito que se le aferraba a la pierna.
Sintió una profunda ternura en su corazón.
Le pellizcó suavemente la mejilla a Valentina. —¿Ya le pusiste nombre al perrito?
—¡Sí! —respondió emocionada—. Se llama Luna.
Leandro levantó una ceja, curioso por el nombre.
Valentina movió las manos entusiasmada. —Quiero ser como mi buena compañera, la perrita de Ana se llama Estrellita, así que la mía se llamará Luna. Mi hermano dice que Estrellita y Luna son buenas amigas.
Ayer, al ir a buscar a Ana a la escuela, no había visto a Valentina.
Leandro estaba a punto de preguntarle sobre eso, cuando Valentina agregó emocionada:
—¡Tío Leandro, tío Leandro! La coronita que me mandaste a hacer está increíble. Ana me dijo en secreto mientras tomábamos la siesta que su papá y su mamá se van a comprometer, y que ella usará un vestido de princesa con su coronita para tirarles florecitas... ¡Yo también quiero ir!
Fue como si un rayo le partiera la cabeza.
Leandro se quedó petrificado. —¿Cómo que se van a comprometer?
Valentina abrió sus grandes ojitos redondos. —Sí, su papá y su mamá se van a casar.
Para una niña de tres años, todo era muy inocente, así que Leandro fue directo al grano:
—¿Cuándo es el compromiso?

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