Al ver que Sofía se empezaba a molestar, Leandro presionó suavemente la nuca de los muñecos para acercarlos más al pecho de ella y rectificó:
—Si te gustan, llévatelos. Al fin y al cabo, todo lo mío es tuyo.
El auto llegó a una concurrida calle de mercado nocturno en el norte de la ciudad. Los pequeños puestos de comida ya estaban instalados y el humo de las parrillas se elevaba por los aires.
El señor que preparaba las empanadas llevaba puestas como diez capas de ropa por el frío. El rostro de la dueña del puesto de pollos brillaba por el calor. Una joven madre que vendía pan dulce caminaba encorvada por el peso del niño en su espalda, el pequeño se asomaba sorbiéndose los mocos.
Leandro ayudó a Sofía a bajar del auto. Ella abrazaba a los dos enormes muñecos mientras Leandro la tomaba de la muñeca para pasear por el mercado.
Leandro empezó a pedir de todo.
—Deme unas fresas acarameladas.
—Quiero un pan dulce, el que tiene pasas encima y dátiles adentro.
—Deme una porción de empanadas de queso fundido, póngale mucho chile, sin cebolla, sin ajo, y clave un palillo.
—Deme también una orden de alitas picantes sin hueso.
Después de recolectar un buen botín de comida callejera, Leandro le acercó primero las fresas acarameladas a los labios.
—Come.
Sofía giró la cara hacia un lado.
—Son las fresas que más te gustan.
—...
Leandro sonrió con coquetería.
—¿No quieres que te dé en la boca?
—Dame los muñecos... yo puedo sostener mi propia comida.
Leandro levantó las bolsas de comida a la altura de la nariz de Sofía. Olían delicioso. Su exesposo la conocía a la perfección; sabía que a los seis años adoraba las fresas acarameladas y que a los veinte le encantaba la comida con mucho picante.
La verdad era que casi no había comido nada en todo el día. Había estado ocupada con los asuntos de la familia Salinas y su estómago ya estaba rugiendo. Se rindió.
Si había comida buena, no iba a castigarse pasando hambre. Sostuvo los dos muñecos con un solo brazo, agarró el palito con las fresas, mordió una y le devolvió el resto a Leandro.
—¿Y ahora qué? —preguntó él en un tono sugerente.
—¡Sostenlo por mí! —le ordenó ella bruscamente.

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