Leandro giró la cabeza justo a tiempo para ver a Ana abrir la boca de par en par.
La niña echó la cabecita hacia atrás y, con un dedo, apuntó a sus pequeños dientes. Un hilo largo de carne de pollo se le había atorado.
Sofía dejó sus cubiertos de inmediato para ayudarla a sacarlo.
Leandro frunció el ceño y le pidió a Karina un pequeño cuchillo para frutas.
Aprovechando que madre e hija estaban distraídas lidiando con los dientes, tomó el tazón de Ana y, con movimientos rápidos y precisos, cortó el inmenso muslo de pollo en pequeños cuadritos perfectos.
Cuando Ana logró liberar su diente, agarró su platito y, sin dudarlo, dio un mordisco limpio a uno de los cuadritos.
¡¿Eh?!
La pequeña miró el muslo de pollo con sorpresa.
¡Qué emoción!
—¡Mami, mi muslo de pollo tiene cuadritos cortados!
Sofía ladeó la cabeza, confundida por un momento, hasta que recordó de qué se trataba.
Alzó la vista y sus ojos se cruzaron con los de Leandro. Fue como si hubiera caído directamente en la red que él había tejido con tanta paciencia.
Ana estaba radiante. —¡Un bocado por cada pedacito, ya no se me va a quedar pegado en los dientes!
Leandro, aprovechando el momento, le propuso a Sebastián: —¿Quieres que corte el tuyo también?
—No hace falta —respondió Sebastián, sin dignarse a mirarlo.
Leandro sonrió, satisfecho. —Está bien. Los hombres pequeños tienen bocas grandes y dientes fuertes.
Luego intentó fortalecer su vínculo con Ana.
—Ana, te sorprendió ver tu pollo cortado así, ¿verdad? Pregúntale a tu mamá. Cuando ella era niña y estaba cambiando de dientes, también comía los muslos de pollo así.
Ana siguió devorando su comida sin prestarle la más mínima atención.
Su intento de interactuar con sus dos hijos fue un fracaso total.
Aun así, Leandro estaba de excelente humor.
¿La razón? Mateo Serrano le había entregado una invitación para la fiesta de compromiso del día 2.
Sí.
No había razón para desanimarse.
Tenía que mirar el lado positivo de las cosas.
Aún tendría oportunidades de acercarse a Sofía y a los niños. Aunque ellos no lo quisieran, él sí los quería a ellos.
Solo necesitaba ser más proactivo.
Al fin y al cabo... ya era una escoria sinvergüenza, ¿qué más daba?
Apenas Leandro se marchó, Ferrer regresó. En una mano sostenía a la perrita Estrellita y en la otra, un bote de detergente.

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