Al perder a la persona con la que deseaba compartir el sentido de su vida, ¿qué valor tenían las cosas materiales, por muy preciosas que fueran?
—Tómenlos y no se hable más —Hernán sacó los lingotes y le entregó uno a cada niño.
Su rostro lucía decaído, su mirada estaba llena de tristeza.
Sofía no quiso contradecirlo y hacerlo enojar más.
Tomó a Sebastián y Ana de las manos, se agachó y les indicó: —Lleven a su tío a la azotea a tomar un poco de sol y jueguen un rato.
—¡De acueeerdo! —Ana asintió con su cabecita y tomó el pulgar de Hernán con su manita.
—Tío, vamos a subir por el ascensor.
—Claro.
Sebastián llevó a Estrellita con su correa, sosteniendo una pequeña pelota roja en brazos.
Un adulto, dos niños y un perrito subieron en ascensor hasta la azotea.
El área de la casa adosada era compacta, por lo que todo el espacio del último piso había sido aprovechado al máximo.
A la izquierda de las escaleras habían construido un solárium de cristal.
A la derecha, instalaron un pequeño cuarto de lavado equipado con tres lavadoras de diferentes tamaños y funciones completas.
Conectada al cuarto de lavado, estaba el área para colgar ropa.
Un enorme tendedero colgaba junto a la barandilla, sin ocupar espacio adicional.
En el centro de la azotea, habían montado un área de juegos con un piso de goma suave, donde Sebastián, Ana y Estrellita jugaban a pasarse la pelota roja.
Los tres pequeños corrían: tú me la lanzas a mí, yo se la lanzo al perro, y el perro te la devuelve corriendo.
Ana no lograba atrapar la pelota nueve de cada diez veces, así que se la pasaba saltando y corriendo para recogerla.
Estrellita no lograba atraparla ni una sola vez, corría de un lado a otro por toda la azotea, con las orejas aplastadas hacia atrás por el viento.
Las risas alegres resonaban bajo el cielo.
El sol brillaba radiante, en un día inusualmente despejado.
Hernán extendió los brazos y se apoyó en la barandilla de acero inoxidable. Desde esa posición relajada y con total privacidad, su mirada se desvió hacia la casa de al lado.
Todas las ventanas de la casa de Karina estaban adornadas con enormes recortes rojos de papel con el carácter de 'Doble Felicidad'.
El ambiente de recién casados era inconfundible.
Había una ventana particularmente grande en el tercer piso, que parecía ser la de la habitación principal. Las cortinas eran de un tono gris oscuro combinado con rosa, una mezcla de lujo y romanticismo que reflejaba la personalidad excéntrica de Samuel unida a la dulzura de Karina.
Esa habitación debía ser la suite nupcial de Karina.
La cama que compartía con Samuel estaba justo ahí.
Ahí es donde se revolcaban todas las noches.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA
Porque no se pueden desbloquear los capitulos? Siempre sale error...
Que horrible, tan pocos capítulos diariamente, que le pasa al escritor, que no puede terminar un libro de una vez???...