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VOLVÍ PARA COBRAR CADA LÁGRIMA romance Capítulo 724

Como un alma en pena, Isabel arrastró los pies hasta el interior de su casa.

Lo primero que escuchó fue el estruendoso rugido del Señor Molina.

—¡Ofréceles más dinero! ¡No me importa lo que cueste, ciérrenle la boca a la familia de ese chofer!

Una opresiva sensación de catástrofe la invadió. Sin siquiera quitarse los zapatos, se asomó desde la entrada y vio a sus padres adoptivos, tan asustados como pájaros espantados.

El Señor Molina estaba al teléfono. La Señora Molina apretaba una bola de pañuelos de papel, temblando. Apenas el hombre bajó el celular, su esposa lo agarró del brazo, angustiada.

—¿Y bien? ¿Qué pasó?

—¡Son unos avariciosos! Dos millones no son suficientes para que se callen.

—Pero... al fin y al cabo es una vida —murmuró la Señora Molina, tiritando—. El chofer... apenas tenía 41 años.

Héctor, con las manos en la cintura, comenzó a caminar de un lado a otro.

—¡Subiré la oferta a cinco millones, como máximo! Y si la familia sigue haciendo un escándalo, juro que...

—¡Héctor, por el amor de Dios, no puedes lastimar a nadie más! —lo interrumpió la Señora Molina, aterrorizada—. Adán ya salió del país en un avión privado.

—Papá, mamá... ¿de qué están hablando? —preguntó Isabel. En ese momento, también estaba muerta de miedo, tan débil que sentía que iba a desmayarse.

La Señora Molina la fulminó con la mirada.

—¡Inútil!

Meneando la cadera, regresó al sofá y se dejó caer pesadamente. Isabel bajó la mirada, apretando los labios. El cariño que sus padres adoptivos le tenían siempre dependía de la situación. Si era útil y aportaba beneficios a la familia, la recibían con sonrisas y palabras dulces. Si causaba problemas, inmediatamente se convertía en una carga indeseable.

—Tu hermano Adán está arruinado por tu culpa —la reprendió el Señor Molina con frialdad.

—¿Qué? —Isabel lo miró, estupefacta—. Pero... ¿qué le hice yo?

La Señora Molina no tardó en soltar veneno:

—Organizaste esa dichosa Gala de Plegarias con El Vidente y todo fue un desastre. Tu hermano fue a ver a Yanina, discutieron y, sin querer, la golpeó tan fuerte que le fracturó el cráneo. ¡Ahora está en coma, en estado vegetativo!

¡Ah!

—¡Yanina! ¡Oh, mi Yani...! —lloró Isabel, desplomándose en el sofá.

Durante su interrogatorio en la comisaría, las preguntas de la policía se habían centrado en su organización del evento y sus asistentes; nadie había mencionado la agresión de Adán. No podía creerlo. Su mejor amiga, Yanina...

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