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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 107

La advertencia del doctor lo sacó de sus pensamientos.

Federico inhaló profundamente y, con voz ronca, dijo:

—Todo esto... nunca me lo dijiste.

Magdalena se quedó en silencio.

De verdad no entendía qué sentido tenía hablar de todo aquello a esas alturas.

Aun si se lo hubiera dicho en aquel momento...

Federico solo la habría considerado una molestia que interfería con su trabajo, o habría pensado que trataba de hacerse la víctima para ganar simpatía.

La tristeza y la decepción en el rostro de Magdalena se esfumaron en un abrir y cerrar de ojos.

Y es que su corazón ya estaba hecho trizas; cual reloj de arena, cualquier emoción que llegara solo podía escaparse entre sus heridas.

La habitación se sumió en un silencio incómodo.

Federico le dijo a Magdalena:

—Llamaré al mejor fisioterapeuta, Magdalena...

Quería añadir un "lo siento, es que siempre estuve demasiado ocupado con el trabajo".

Pero las palabras no le salieron.

Porque el rostro de Magdalena denotaba un rechazo absoluto.

Y además, no era alguien acostumbrado a rogarle favores a nadie.

Cuando sonó el celular de Magdalena, ambos sintieron alivio.

Pulsó el botón para responder.

Era Natalia. Había llamado para exigirle dinero otra vez.

Esta vez lo hacía entre sollozos.

Gael Jurado no estaba realmente enfermo. Al haber vendido la casa y tener algo de dinero extra, se había vuelto adicto al juego.

El refrán dice: salva la urgencia, no la pobreza.

¿Y menos aún si se trata de un ludópata?

Magdalena echó un vistazo hacia donde estaba Federico. Vio que estaba hablando con el médico, sin prestarle atención.

—Mamá —dijo en un tono calmado—, si yo fuera tú, mejor revisaría bien las tarjetas bancarias y la libreta de ahorros.

Natalia ya no tenía a quién más recurrir.

—Magdalena, ¿tienes que hablarle así a tu madre? ¡Ya nos están tocando a la puerta exigiéndonos un millón y medio! ¡Dicen que si no pagamos, le romperán las piernas a tu padre!

—Ahora eres la Señora Suárez. Un millón y medio no es nada para ti, es como pagar cincuenta pesos. ¡Salva a tu padre!

Magdalena sentía una mezcla de emociones agridulces.

Admitía que, aunque la situación había llegado a ese punto, y su padre fuera irremediable, no podía permitir que lo golpearan hasta dejarlo inválido.

Pero en el fondo sabía que, sin importar lo que sintiera, no podía ceder ante su familia.

Si lo hacía, solo se volverían más descarados y terminarían causando problemas aún mayores.

Así que lo rechazó tajantemente.

—Magdalena, eres una malagradecida —la insultó Natalia—. Tu padre y yo te criamos, pero acabamos criando a una víbora ingrata.

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