Alto, de piernas largas y porte imponente, su sola presencia llenaba el espacio sin necesidad de pronunciar una sola palabra.
Del grupo de tres.
Magdalena fue la primera en notarlo, pero no movió ni un músculo de la cara.
Federico sintió, casi como un golpe físico, que ella ya no se alegraba de verlo como antes.
Siempre estaba hasta el cuello de trabajo y casi nunca paraba en casa.
Cuando sus caminos se cruzaban, ya fuera en la casa o en la calle, el rostro de Magdalena solía iluminarse con una sorpresa genuina.
Primero abría mucho los ojos y luego los achinaba en una cálida sonrisa.
Ella era de una belleza impactante. Cuando no sonreía, su expresión era fría y distante, como un lago helado en pleno invierno.
Pero cuando algo la hacía feliz, sus ojos brillaban como si hubieran atrapado un rayo de sol.
Con destellos que bailaban en su mirada.
Pero ahora... algo se había roto.
Federico guardó silencio.
Kevin y Sara fruncieron el ceño.
Sobre todo Sara, que lo miraba como si se hubiera cruzado con la encarnación del diablo.
La única que no sabía quién era, era Celeste: —¿Y este quién es?
Se acercó a Kevin, quien le susurró un par de cosas al oído.
Y de inmediato, Celeste torció el gesto con una mezcla de desconcierto y repulsión.
Sin embargo, la familia Lira tenía una educación muy estricta y debían mantener las apariencias.
Celeste se acomodó las bolsas de plástico en los antebrazos y extendió la mano hacia él.
—¡Qué tal, Señor Ex! ¡Un gusto!
El rostro de Federico se ensombreció de inmediato.
Apretó los labios, fijó la mirada en Magdalena y le dijo:
—Vine a buscarte.
Magdalena no tenía la menor intención de hacerle caso.
Pero se percató de que Federico llevaba un sobre de manila en la mano.
Y pensó que se trataba del acuerdo de divorcio.
—Adelántense ustedes, en un minuto los alcanzo —les dijo a sus acompañantes.
Kevin le preguntó, buscando su aprobación:
—¿Quieres que me quede contigo?
Magdalena negó con la cabeza.
El tema del divorcio era algo que debían resolver únicamente ellos dos.
Cuando se quedaron solos, Magdalena se acercó a él.
—Dámelo.
Federico, en lugar de entregarle el sobre, sacó el documento que guardaba en su interior.
Al leer el encabezado, Magdalena se quedó muda de asombro.
No era el acuerdo de divorcio; era el contrato prenupcial que habían firmado antes de casarse.
Quizás en algún momento había albergado esa ilusión.
Magdalena había soportado un matrimonio desequilibrado, sometiéndose a las asfixiantes reglas de aquel contrato, ocultando su esencia, ahogando su indignación y acercándose a él con mucha cautela.
El amor que sentía por él se había marchitado, asfixiado por los muros que él mismo había levantado.
—Federico Suárez, me estás haciendo perder el tiempo. La próxima vez que vengas, más te vale traer el acuerdo de divorcio firmado.
Magdalena recalcó sus palabras con firmeza.
El ceño de Federico se frunció aún más:
—Si las condiciones no te parecen justas, dime qué quieres. Todo es negociable.
Magdalena retrocedió medio paso, evadiendo la mano que él intentaba acercarle.
Para Federico, los sentimientos eran transacciones comerciales, susceptibles a regateos.
Siempre empezaba ofreciendo lo mínimo y, si notaba resistencia, subía la oferta.
Pero Magdalena no jugaba a ese juego.
Cuando ella amaba, lo entregaba todo; cuando no, no había marcha atrás.
En el instante en que decidió ponerle fin al matrimonio, también decidió arrancarlo de su corazón.
—Señor Suárez, me están esperando arriba. Quédese aquí si gusta.
Y tras decir esto, le dio la espalda y se alejó.
Federico se quedó plantado en su lugar.
Incluso en una situación como aquella, él era capaz de calcular sus movimientos y elegir el mal menor.

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