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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 210

Alto, de piernas largas y porte imponente, su sola presencia llenaba el espacio sin necesidad de pronunciar una sola palabra.

Del grupo de tres.

Magdalena fue la primera en notarlo, pero no movió ni un músculo de la cara.

Federico sintió, casi como un golpe físico, que ella ya no se alegraba de verlo como antes.

Siempre estaba hasta el cuello de trabajo y casi nunca paraba en casa.

Cuando sus caminos se cruzaban, ya fuera en la casa o en la calle, el rostro de Magdalena solía iluminarse con una sorpresa genuina.

Primero abría mucho los ojos y luego los achinaba en una cálida sonrisa.

Ella era de una belleza impactante. Cuando no sonreía, su expresión era fría y distante, como un lago helado en pleno invierno.

Pero cuando algo la hacía feliz, sus ojos brillaban como si hubieran atrapado un rayo de sol.

Con destellos que bailaban en su mirada.

Pero ahora... algo se había roto.

Federico guardó silencio.

Kevin y Sara fruncieron el ceño.

Sobre todo Sara, que lo miraba como si se hubiera cruzado con la encarnación del diablo.

La única que no sabía quién era, era Celeste: —¿Y este quién es?

Se acercó a Kevin, quien le susurró un par de cosas al oído.

Y de inmediato, Celeste torció el gesto con una mezcla de desconcierto y repulsión.

Sin embargo, la familia Lira tenía una educación muy estricta y debían mantener las apariencias.

Celeste se acomodó las bolsas de plástico en los antebrazos y extendió la mano hacia él.

—¡Qué tal, Señor Ex! ¡Un gusto!

El rostro de Federico se ensombreció de inmediato.

Apretó los labios, fijó la mirada en Magdalena y le dijo:

—Vine a buscarte.

Magdalena no tenía la menor intención de hacerle caso.

Pero se percató de que Federico llevaba un sobre de manila en la mano.

Y pensó que se trataba del acuerdo de divorcio.

—Adelántense ustedes, en un minuto los alcanzo —les dijo a sus acompañantes.

Kevin le preguntó, buscando su aprobación:

—¿Quieres que me quede contigo?

Magdalena negó con la cabeza.

El tema del divorcio era algo que debían resolver únicamente ellos dos.

Cuando se quedaron solos, Magdalena se acercó a él.

—Dámelo.

Federico, en lugar de entregarle el sobre, sacó el documento que guardaba en su interior.

Al leer el encabezado, Magdalena se quedó muda de asombro.

No era el acuerdo de divorcio; era el contrato prenupcial que habían firmado antes de casarse.

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