Valentina se quedó atónita al recibir el chorro de agua.
Nunca imaginó que Magdalena fuera tan salvaje.
Su cabello cuidadosamente peinado quedó pegado a su frente, y las gotas de agua le escurrían por las puntas.
Un brillo amenazante cruzó por los ojos de Valentina, quien se abalanzó para jalar la ropa de Magdalena.
Sara intervino, agarró su bolso y comenzó a golpear el rostro de Valentina con él.
—¡No abuses de tu poder! ¿Con qué derecho te atreves a atacar a mi artista? Pensar que compartimos el mismo apellido... ¡Qué asco, qué asco!
Con cada "qué asco", Sara le asestaba un golpe con el bolso.
Magdalena aprovechó para presionar el botón de emergencia.
Médicos y enfermeras no tardaron en entrar corriendo.
En ese instante, Federico, que recién salía del trabajo, también entró a pasos largos.
Al ver que Valentina tironeaba a Magdalena hasta hacerla tambalear, él intervino directamente. Agarró del brazo a Valentina y la apartó.
Federico habló con voz grave:
—Señora Cárdenas, este es un hospital. Le pido que regrese a su habitación.
Valentina no esperaba que Federico apareciera de repente, pero bajo ninguna circunstancia iba a permitir hacer el ridículo frente a su futuro yerno.
De inmediato, se limpió las gotas de agua del rostro.
Y esbozó una sonrisa helada.
—Federico, ya llegaste. Cuánto me apena que te hayas casado con una arpía como ella.
Aunque Federico había notado que Magdalena había cambiado mucho recientemente, si de algo estaba seguro, era de que, si bien tenía su carácter, nunca explotaba sin motivo.
Ignoró a Valentina, se inclinó y revisó la mano de Magdalena.
—¿Cómo estás? ¿Te lastimaste de nuevo? Dejaré a alguien aquí para que te cuide.
El rostro de Valentina se ensombreció.
—¿Qué estás diciendo, Federico? Ani sigue acostada en la habitación de al lado y esta señorita tiene energía de sobra, no necesita a nadie que la cuide.
Magdalena miró fríamente a Valentina.
—Gracias, Señor Suárez, pero no se moleste. Yo misma llamaré a Auge Media para que me envíen guardaespaldas.
—¿De qué te enorgulleces? —preguntó Valentina.
—No es orgullo. Parece que voy a tener que poner un letrero en la puerta: 'Prohibida la entrada a perros y miembros de la familia Cárdenas' —contestó Magdalena.
Sara soltó una pequeña carcajada.
—Los perros son adorables, por cierto.
Valentina quiso seguir buscando pleito.
—Señora Cárdenas, por favor, retírese —le ordenó Federico—. Pediré que la empresa mande seguridad. A partir de hoy, le exijo que no vuelva a poner un pie en esta habitación.

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