Hasta ese momento, solo la había visto en fotos o desde lejos.
Ahora que la veía de cerca, se daba cuenta de que la niña de verdad tenía un ligero parecido con el Señor Suárez.
Al parecer, los demás empleados de Orizon pensaban lo mismo.
En cuanto se corrió la voz de que Dora iba a la oficina de la presidencia, los grupos de chat se encendieron.
[¡Chisme jugoso! ¿A que no adivinan a dónde llevaron a la niña bonita? A la oficina del jefe.]
[¿Entonces el papá es el jefe o el Secretario Yáñez?]
[¡Dios mío! Ahora que lo pienso, ¿no se les hace parecida a alguien?]
[Mi voto es para el jefe.]
[El mío también...]
[¡Me muero por saber quién es la mamá!]
[¿No será la directora Cárdenas? ¿Se acuerdan de los rumores de que se había casado en secreto con él?]
[Pero la niña no se parece nada a ella.]
[Oigan, se me ocurre algo. Total, al jefe le sobran dedos de la mano para contar sus escándalos.]
[Si vamos por ahí, miren esto. Video: Magdalena en la alfombra roja con el vestido de sirena.]
Dora fue llevada a una oficina enorme y muy lujosa.
Tanta ostentación lograba intimidar a cualquiera.
Dora se sintió aún más pequeñita de lo que ya era.
Al ver a Federico, abrió los ojos como platos:
—Señor Malo, ¿qué hace usted aquí?
Federico contuvo el aliento, mirando fijamente a la cosita que tenía enfrente.
Sus miradas se cruzaron, y en el ambiente solo se escuchaba la respiración.
—Magdalena es tu mamá.
Dora asintió.
—Y viniste a la empresa a buscar a tu papá.
Esta vez, Dora no asintió ni negó, solo lo miraba con desconfianza.
Verla así hizo que Federico recordara a Magdalena.
Desde que volvieron a encontrarse, Magdalena se portaba igual: reservada, distante e impenetrable.
No tenía intenciones de ponerle las cosas difíciles a la niña, así que suspiró.
—¿Tienes hambre?
Dora asintió.
Federico abrió un paquete de galletas de chocolate y le hizo un gesto con la mano, como si estuviera alimentando a un animalito:
—Ven.
Dora dudó un segundo y luego se acercó lentamente arrastrando los pies.
Es que de verdad tenía mucha hambre.
El corazón de Federico se derritió por completo. Tomó a Dora con ambas manos, la sentó en sus rodillas y le acarició suavemente el cabello:
—Come.
—¿Por qué no lo dices?
Federico reprimió una carcajada y se hizo el desentendido:
—¿Decir qué?
—Pues... Princesa, por favor come.
A Federico le tembló la boca.
Le costaba trabajo pronunciar esas palabras.
Tuvo que reunir fuerzas antes de hablar con semblante serio:
—Puedes comer, princesa.
Dora se dio por invitada.
Corrió hacia la mesa, agarró un pastelito y le dio un mordisco enorme.
Federico sonrió.
Pero jamás se habría imaginado lo que pasó después.
Justo cuando Dora tenía la boca llena de crema, se le resbaló de las manos.
El pastelito cayó al suelo.
Dora se tapó la boca y su carita se puso roja en cuestión de segundos.
Poco a poco le faltaba el aire.
Cayó al suelo, respirando agitadamente y comenzando a convulsionar.

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