¿Qué clase de entorno?
¿Qué clase de vida tuvo que llevar para que una niña de tres años fuera tan madura?
Al mismo tiempo, se sintió culpable.
En cuestión de unas pocas semanas, Dora había acabado en el hospital dos veces.
No lograba entender cómo cuidaba Magdalena a su hija para que fuera tan frágil.
En el hospital, pasaron a Dora por el acceso rápido de urgencias.
Mientras la revisaban, tenían que hacer el registro y pagar.
Federico se tragó todas sus emociones y habló con firmeza:
—Quédate con la niña. Yo me encargo del registro, ya tengo los datos de la última vez.
Hizo el registro, pagó e ingresó los datos.
Para cuando regresó a la habitación, Dora ya se había quedado dormida.
Magdalena la arropaba con cuidado.
Quizás era por el ángulo, pero la silueta de Magdalena se veía delgada y silenciosa.
Parecía que el peso y la elegancia de su vestido eran demasiado para ella en ese momento.
Sin embargo, su expresión no reflejaba debilidad.
Sino una calidez aún más profunda de lo habitual, una fortaleza pura e inquebrantable de madre.
Federico se quedó en la puerta con los recibos y el papel del registro en las manos.
Era difícil describir cómo se sentía.
Era como... ver la felicidad que le pertenecía en una dimensión equivocada, donde él era solo un completo extraño.
—¿Ya se durmió?
Magdalena le mostró la salida sin rodeos:
—Te voy a pedir que te vayas de la habitación de mi hija.
—¿De verdad no puedes valorar las buenas intenciones? —reclamó Federico, frunciendo el ceño—. Dora es mi hija...
—¡No lo es!
—Dora no es tu hija —repitió Magdalena.
Federico no pudo contener más la ira.
—¿No? Entonces dime por qué, cuando Dora tuvo fiebre, buscaste una excusa para llevarte mi saco y cambiaste las muestras de la prueba de paternidad. Y hoy, ¿sabes por qué se apareció en Grupo Orizon?
Federico tomó aire profundamente.
—¡Porque dijo que iba a buscar a su papá!
—Magdalena, puedes estar decepcionada de mí, puedes negar nuestro pasado, pero la niña no tiene la culpa. ¿Con qué derecho me mientes una y otra vez y decides por tu cuenta cortar el lazo de sangre que me une a mi hija?
—¿Tengo que recordarte que, además de Dora, tienes un hijo?
—Federico, ¿esperas que Dora se la pase peleando con ese hijo ilegítimo, Benjamín, por lo que le toca?
Federico movió los labios para hablar.
Magdalena lo interrumpió:
—No puedes manejar eso.
—Así que no mereces ser el padre de Dora.
Sus palabras lo hirieron profundamente.
La cicatriz del divorcio, que aún no sanaba, fue arrancada por Magdalena y comenzó a sangrar de nuevo.
Le agarró la mano con fuerza.
—Esa decisión no te corresponde solo a ti.
Magdalena giró la muñeca, intentando zafarse.
Ambos luchaban en un silencio tenso.
Y el forcejeo hizo rechinar el marco de la cama del hospital.
—Hombre malo, suelta a mi mamá.

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