Leonor, de pie junto a la ventana, volteó a mirarlo:
—Lian, gracias de verdad.
—No tienes que agradecer.
...
Después de un largo día de trabajo, Gabriel regresó a la mansión.
Al cruzar la puerta, notó que no estaban sus pantuflas listas en el vestíbulo. Frunció el ceño, se agachó y sacó un par del fondo del armario para ponérselas.
Desde la cocina llegaba un ruido metálico constante y el murmullo molesto de Caterina.
—¿Cómo se enciende esta estufa? ¿Cuál es el botón de la parrilla?
Rosa estaba a su lado, con una expresión de clara impaciencia en el rostro.
Gabriel caminó hasta la cocina y encontró a Caterina con un delantal puesto, mirando confundida la estufa mientras sostenía una bolsa de comida congelada.
Al verlo, inmediatamente adoptó una pose de damisela en apuros.
—Gabi, al fin llegas. Quería prepararte algo para cenar, pero esta cocina es muy complicada para mí...
—Deja que los demás se encarguen de la comida. No necesitas ensuciarte las manos.
Rosa se apresuró a explicar:
—Antes la señora siempre cocinaba, pero lleva dos días desaparecida.
Con solo escuchar el nombre de Leonor, el ceño de Gabriel se frunció.
Como él jamás la respetó y ella era de naturaleza sumisa, los empleados aprendieron a tratarla de la misma forma.
Al ver la reacción de su jefe, Rosa soltó su veneno con toda la intención:
—Esa mujer se cree la dueña del mundo solo porque está embarazada. Quién sabe con quién andará perdiendo el tiempo.
—Pero no se moleste, Señor Castillo. Cuando se canse de su berrinche, vendrá rogando.
Luego dejó escapar un largo y dramático suspiro.
—Qué falta de consideración. Si quería ser floja, al menos debió elegir otro momento. ¿Qué pasaría si el Señor Castillo se queda sin comer?
Caterina, molesta de que la mencionaran tanto, interrumpió de golpe:
—Gabi, yo también puedo cocinarte. Seguro lo hago mil veces mejor que ella.
Rosa recordó el momento exacto en el que casi hace volar la cocina por los aires y se mordió la lengua.
Gabriel no le prestó mayor atención.
—Mmm —fue lo único que murmuró antes de irse al estudio.
*¿De verdad creen que no puedo vivir sin Leonor Valdés?*
De pronto, el timbre de su celular rompió el silencio.
Era uno de sus asistentes.
—Señor Castillo, encontramos a su esposa.
—Habla.
Hubo un breve titubeo al otro lado de la línea.
—Entró a un hotel con un hombre.
El silencio en el estudio se volvió sepulcral.
El asistente sintió el ambiente helado a través del teléfono, pero se armó de valor y continuó:
—El abogado me pidió que le recordara que aún quedan treinta días de plazo para el divorcio. Si ese periodo pasa sin completarse, no podrán divorciarse.
—Por eso, él sugiere que la mantenga cerca hasta el día que firmen los papeles, solo por precaución.
Gabriel apretó el celular con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
La temperatura de la habitación parecía haber descendido de golpe.

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