—¿Despertaste?
Cerró el informe, lo puso a un lado y le entregó un vaso de agua tibia.
Leonor lo tomó y bebió un sorbo, tenía la garganta reseca. Miró por la ventana; ya era de noche.
—Gracias por salvarme —susurró con voz débil.
Lian tomó el vaso, lo colocó de nuevo en su sitio y se quedó en silencio. Una quietud asfixiante llenó la habitación.
Después de un largo rato, finalmente habló:
—Leonor, leí tus exámenes médicos.
Los dedos de Leonor se tensaron levemente.
La voz de Lian era tranquila, pero hablaba mucho más despacio de lo normal:
—Tu hígado está fallando, los niveles en los riñones están por las nubes, tienes insuficiencia cardíaca y, además...
Hizo una pausa.
—Tu cuerpo se está apagando.
La habitación quedó en silencio durante unos segundos.
Leonor se recostó contra la almohada y miró al techo.
No tenía forma de explicarlo, así que solo soltó una respuesta resignada:
—Lo sé.
Lian se sorprendió ante su calma absoluta, pero no insistió en el tema.
No preguntó por qué estaba escupiendo sangre en medio de la autopista, no preguntó por qué estaba tan demacrada, ni de dónde habían salido aquellas heridas.
Solo se quedó allí sentado, guardando silencio por mucho tiempo.
—Dime qué necesitas, y lo haré por ti.
Leonor giró la cabeza para mirarlo.
Habían pasado tantos años desde que alguien le había hecho esa simple pregunta. Gabriel nunca le preguntaba qué necesitaba; solo le exigía lo que tenía que hacer.
—Quiero pintar.
Lian parpadeó, sorprendido, y luego asintió con firmeza:
—De acuerdo.
Sin rodeos, una sola palabra. De acuerdo.
Pero esa simple palabra fue tan suave como una pluma, aterrizando exactamente en la parte más frágil de su alma.
Sintió un pinchazo en el pecho, una punzada amarga y cálida, y sus ojos secos comenzaron a arder.
Mientras tanto, en la mansión Castillo.
—¿Aún no ha vuelto?
—¡Para nada! —gritó Rosa—. ¡Y yo, con mis años, tengo que hacer todo, ya ni aguanto la espalda! Quién sabe en dónde andará metida, seguro se cree la dueña de la casa...
De fondo, la dulce voz de Caterina intervino, en un intento calculado de sonar comprensiva:
—Rosa, por favor, no te enojes. Seguro Leonor... solo se sintió un poco triste y salió a despejarse. Yo me encargo de las cosas de la casa.
Gabriel cortó la llamada y volvió la vista a sus documentos.
*Si esa mujer se fue, mejor. Así no me estorba.*
El tiempo fue pasando.
El cielo afuera cambió de gris a un negro profundo, mientras los papeles sobre su escritorio pasaban uno tras otro.
De pronto, recordó algo: Leonor estaba esperando a su hijo.
Su abuela, Doña Esperanza, le daba muchísima importancia a ese niño; si Leonor se lo llevaba y lo escondía, iba a ser un gran problema para él.
Levantó el teléfono de su escritorio.
Su asistente contestó de inmediato, con voz firme:
—Señor Castillo.
—Averigua dónde está Leonor Valdés en este mismo instante —ordenó Gabriel, con frialdad y sin un ápice de emoción—. Lo más rápido posible.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 días para morir: El CEO llorará ante mi tumba vacía