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30 días para morir: El CEO llorará ante mi tumba vacía romance Capítulo 7

—Así que... lo mejor será que se vaya del estado.

Leonor miró por la ventana. A ambos lados de la autopista solo había terrenos baldíos, sin rastro de alguna gasolinera ni nada cerca.

El cielo se oscurecía a gran velocidad; las nubes pesaban y la primera gota de lluvia se estrelló contra el parabrisas.

Tormenta, en medio de la nada, sin taxis ni parada de autobuses.

¡No podía creer que él fuera capaz de hacer algo tan cruel!

Jorge detuvo el auto en el acotamiento. La lluvia ya caía con fuerza, repiqueteando salvajemente sobre el techo del vehículo.

Apenas la obligaron a bajarse, la tempestad la envolvió.

Gotas heladas e implacables la azotaban sin piedad.

En tres segundos, su vestido claro quedó empapado, pegándose a su cuerpo y dejando al descubierto lo frágil y delgada que estaba.

Apretó los dientes y comenzó a caminar.

El agua le escurría por el cabello y le nublaba la vista, pintando todo de un gris difuso.

En realidad, a Leonor no le asustaba mojarse.

Lo que le aterraba era el fuego que empezaba a arderle en el pecho.

El castigo del sistema había vuelto a activarse.

Intentó soportarlo un poco más, pero pronto tuvo que encorvarse. Se apoyó en las rodillas y vomitó una bocanada de sangre.

La sangre roja brillante manchó su vestido, mezclándose con el agua de lluvia hasta escurrir gota a gota.

Cayó de rodillas sobre el asfalto. El agua y la sangre formaban charcos bajo sus pies.

Los autos pasaban a toda velocidad, sin que nadie se detuviera.

Se limpió la comisura de los labios con el dorso de la mano, pero no sirvió de nada; solo consiguió mancharse más de rojo.

Empezó a escuchar un zumbido ensordecedor y su visión comenzó a dar vueltas.

Este cuerpo realmente ya no daba para más.

Fue entonces cuando un imponente auto negro se acercó a gran velocidad, levantando cortinas de agua a su paso.

Justo al pasar junto a Leonor, el conductor frenó en seco, y las llantas dejaron marcas largas en el asfalto empapado.

El auto se detuvo.

La ventanilla trasera bajó hasta la mitad.

El hombre en el interior miró hacia la figura arrodillada junto a la valla de contención; aquel vestido teñido de sangre y lluvia, y ese cuerpo tembloroso que parecía a punto de desmoronarse.

Cuando reconoció el rostro de Leonor, sus pupilas se dilataron.

Lian la miró, lleno de preocupación:

—No hables, ahorra energías.

Su mirada se detuvo en su rostro y un mar de emociones cruzó por sus ojos.

Esa chica que hace ocho años estaba de pie en su estudio, manchada de pintura y sonriendo con una pasión desbordante...

¿Cómo había terminado así?

...

Cuando Leonor volvió a abrir los ojos, el olor clínico a desinfectante del hospital fue lo primero que percibió.

Pero ese aroma fue rápidamente reemplazado por la suave fragancia de unas flores.

La habitación era amplia; sobre la mesa de noche descansaba un ramo de flores frescas, aún con gotas de rocío en los pétalos.

Lian estaba sentado en el sillón junto a la cama, con el saco doblado en el reposabrazos.

Sostenía unos informes médicos en las manos, frunciendo el ceño mientras pasaba las páginas.

Por puro instinto, Leonor intentó flexionar los dedos; el ligero movimiento despertó los nervios de su cuerpo, desatando un latigazo de dolor en el dorso de la mano.

El leve crujido de la tela se amplificó en el silencio, y Lian dejó de pasar las páginas al instante.

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