A él no le importaba en lo absoluto que ella acabara de perder a su bebé. Parecía haber borrado por completo el hecho de que él mismo había empujado a una mujer embarazada por las escaleras.
Solo le importaba su desayuno y su reunión.
Leonor miró el rostro del hombre al que había amado durante ocho años y, de repente, lo sintió como un completo extraño.
—Entonces, ¿qué quieres que haga? —respondió con una calma pasmosa.
Gabriel frunció el ceño con irritación. Estaba acostumbrado a su sumisión, a sus lágrimas y a sus súplicas.
Esa actitud indiferente, como si ya nada le importara, hizo que una rabia irracional ardiera en su pecho.
—Gabi... —la voz melosa de Caterina rompió la tensión—. Déjalo, vamos a desayunar fuera. Conozco un lugar riquísimo cerca de aquí. No pierdas tiempo con tonterías y concéntrate en tus asuntos.
Gabriel le lanzó a Leonor una mirada gélida, mirándola como si fuera un estorbo, basura en su camino.
Antes de irse, escupió sus últimas palabras:
—Incluso como la señora Castillo, fuiste un completo fracaso.
En ese instante, Leonor sintió que su corazón se desplomaba. El ruido a su alrededor pareció silenciarse por completo.
Un frío helado brotó desde lo más profundo de su pecho, extendiéndose por todo su cuerpo hasta que las yemas de sus dedos comenzaron a temblar levemente.
Había dado su vida entera por ese hogar, y el único agradecimiento que recibía era la palabra fracaso.
Pero tenía razón: haber amado a un hombre tan insensible y despiadado como Gabriel había sido el peor de sus fracasos.
...
Cuando Leonor salió de la mansión Castillo, el cielo estaba plomizo.
Había pensado en ir a caminar por la ciudad. Llevaba tantos años atrapada en el mundo de Gabriel que casi había olvidado cómo se veía el exterior.
Sin embargo, por alguna razón, estuvo esperando el autobús durante más de media hora y no pasó ninguno.
De repente, un automóvil negro de lujo pasó frente a ella sin previo aviso.
Era el auto de Gabriel.
—Señora... señorita Leonor, el transporte público está suspendido. El Señor Castillo me pidió que la llevara.
Leonor quería negarse, pero la zona estaba apartada y no había manera de conseguir un taxi.
Dudó un instante y, al final, subió.
El trayecto duró unos veinte minutos cuando de repente, se dio cuenta de que el paisaje no era el correcto.
¡No se dirigían a la ciudad, estaban en la autopista!
—Jorge, ¿a dónde vamos?
El chofer no se volvió, pero apretó con fuerza el volante.
—Señora... señorita Leonor, la orden del señor... es que baje aquí mismo.
Hizo una pausa y añadió con voz tensa:
—Dijo que una buena exesposa es la que desaparece para siempre.

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