El conductor no se atrevió a hacer más preguntas y retrocedió de inmediato.
Solo cuando el auto avanzó una buena distancia, Zoa se atrevió a asomar la cabeza fuera del abrigo.
Quizás por haber estado encerrada tanto tiempo, su rostro estaba completamente enrojecido.
El sudor había humedecido algunos mechones de cabello que se pegaban a sus mejillas y cuello, dándole un aspecto radiante y tentador.
Rio hizo girar una de las cuentas de madera y bajó la mirada, fijándola en ella.
—Levántate.
—...
Zoa recién se dio cuenta de que, en algún momento, había terminado apoyada sobre las piernas de Rio.
Soltó la tela rápidamente. Iba a explicarse, cuando una idea cruzó por su mente.
Si Rio acababa de ayudarla, ¿eso significaba que su pequeño intento de seducción de la noche anterior había funcionado?
¿Por qué no aprovechar el momento y presionar un poco más?
Con eso en mente, ralentizó sus movimientos al levantarse, dejando escapar un suspiro entrecortado.
—Rio, la herida que me curaste anoche se infectó y hoy amanecí con fiebre. Tenía miedo de que alguien más la viera, así que me fui sola del hospital, pero no imaginé que Cristian lo malinterpretaría. Yo... ¡Ah!
Zoa estaba en pleno acto de hacerse la víctima cuando Mateo, el asistente al volante, frenó de golpe.
El cuerpo que apenas se estaba levantando volvió a caer pesadamente sobre las piernas de Rio.
Por la inercia, su frágil figura tembló como una rama a punto de quebrarse, balanceándose hasta chocar contra el pecho del hombre.
Rio le sostuvo la cintura para evitar que cayera, intentando mantener la distancia entre ambos.
Pero fue un segundo tarde.
Sus narices se rozaron ligeramente, y sus respiraciones se entrelazaron, erráticas y profundas.
Por puro instinto, Zoa se aferró a la camisa del hombre. Su rostro se tiñó de un rojo aún más intenso y sus ojos brillaron con un sutil tono rosado.
De repente, la respiración del hombre se volvió más pesada y los dedos en su cintura se contrajeron en un intento de autocontrol.
Ejem.
Mateo tosió un par de veces desde el asiento delantero.
Al escuchar el sonido, Zoa se levantó torpemente, pero su espalda golpeó contra el asiento del auto. El dolor fue tan agudo que su visión se volvió borrosa.
—Duele...
Su voz salió húmeda y frágil, logrando enternecer el ambiente.
Y con eso, se desmayó, cayendo directamente en los brazos de Rio.
Los ojos oscuros de Rio se ensombrecieron. La piel de la mujer ardía contra su palma, pero él no la soltó.
Al ver la escena a través del espejo, Mateo finalmente salió de la sorpresa del frenazo.
¿Anoche? ¿Curar una herida?
¿Acaso anoche Zoa no había estado en una guerra abierta con Cristian?
—Don Rio.
—...

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