Nicolás también se quedó pensando en eso. Durante la llamada, Alejandro no había mencionado nada relacionado con los arreglos para Sofía de esa noche. Antes, por mucho que no le gustara, siempre organizaba algo para ella. Ahora la había ignorado por completo.
La miró y sintió una pena que no supo bien cómo manejar.
—Quizás el señor García ya organizó algo por su cuenta. —Intentó consolarla.
—¿En serio? —Sofía sonrió—. ¿Cuándo se ha tomado él la molestia de hacer algo así por mí?
Nicolás no tenía una respuesta para eso.
Iba a intentar decir algo más, pero Sofía lo vio venir.
—Nicolás, sé que lo dices con buenas intenciones. Pero hay cosas que la buena intención no puede arreglar. Ya llegamos demasiado lejos, lo nuestro no tiene vuelta atrás.
—Pero es que desde que se mudó, el señor García ha cambiado. —Insistió Nicolás—. Si espera un poco más, quizás él se de cuenta que no quiere perderla.
—Puede ser —dijo Sofía.
Aunque al decirlo se dio cuenta de que ya le daba igual. Que él se arrepintiera o no, ya no cambiaba nada para ella.
—Pero ya no lo amo.
Nicolás la miró a la cara mientras lo decía. No había tensión, ni esfuerzo. Solo calma.
Entendió que seguir insistiendo no tenía ningún sentido.
Le entregó los documentos.
Sofía los tomó y fue directo al registro civil.
La misma funcionaria que la había atendido la vez anterior la recibió. Quizás porque de nuevo venía sola, esta vez no intentó persuadirla de nada. Solo le pidió que firmara y le fue indicando los pasos con amabilidad.
El trámite del divorcio era algo más largo que el del matrimonio, pero Sofía tenía todo en orden y no tardó demasiado. Cuando salió por la puerta del registro civil, llevaba dos certificados en el bolso.

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