Alejandro abrió el mensaje. Era corto.
“Estoy en la mansión”.
“¿No habíamos quedado en que yo iba a recogerte?”
“Llegaste tarde”.
Alejandro miró la hora.
“Solo fue una hora”.
Había tardado más de lo esperado coordinando el refuerzo de seguridad para la fiesta. Era el cumpleaños de su abuela y asumía que Sofía lo entendería.
Ella leyó su respuesta desde el vestíbulo de la mansión, donde esperaba a que bajara Adriana. No le sorprendió nada.
Solo una hora. Para Alejandro, una hora era exactamente eso: una hora y nada más. Siempre llegaba tarde cuando acordaban algo, dos o tres horas si estaba de buen humor, o la noche entera si no tenía ganas. Una hora no era nada.
Antes tampoco le había importado, pero esta vez no tenía ganas de esperar.
Como Sofía no contestaba, Alejandro le mandó un signo de pregunta.
Ella le escribió, tranquila:
“Una hora también es tiempo, y yo tenía cosas que hacer con esa hora. Nadie va a quedarse esperándote para siempre”.
Alejandro leyó eso y soltó una carcajada sin humor. Le pareció que estaba exagerando. Ese tono no era el de siempre, y la única explicación que encontró fue que el lanzamiento de UME le había subido la autoestima.
Llevaban cinco años casados y él la conocía bien: una universidad del montón, sin posgrado, sin nada realmente destacable fuera de su apellido. Lo del robot probablemente era un mérito que Gabriel le había cedido para darle visibilidad, no algo que ella hubiera logrado por cuenta propia. No era algo que le preocupara demasiado.
Le escribió:

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