Sofía dudó un momento, pero enseguida asintió.
Desde que llegó a la familia García, Adriana la había tratado como a una nieta. Sabía que no le pediría algo descabellado, y aunque así fuera, lo cumpliría de todas formas, como forma de agradecerle todo lo que había hecho por ella durante todos esos años.
Hablaron un poco más, luego Adriana se apoyó en su acompañante y subió a su habitación a arreglarse antes de salir al hotel. Sofía se despidió y fue hacia su auto.
Apenas se sentó y antes de arrancar, la puerta del copiloto se abrió de golpe. Sofía vio a Laura meterse sin más y acomodarse en el asiento con toda la naturalidad del mundo.
—Arranca —dijo Laura.
Sofía no entendió.
—¿Vas a ir conmigo al hotel?
—Ajá.
—¿Y tú no sabes manejar? —preguntó Sofía, sin encontrarle sentido.
Laura se puso un poco nerviosa, aunque no lo dejó ver.
—Se me dañó el auto. Los otros no los manejo bien.
Mentira. No había ningún auto dañado. Le daba un poco de pena tener que pedirle ayuda a Sofía, pero desde que se enteró de que estaba en UME y que aparentemente tenía buena relación con Gabriel, había cosas que quería preguntarle.
Sofía notó que estaba mintiendo. Los García tenían autos de sobra, y si de verdad no se sentía cómoda manejándolos, podía pedir un chofer. Antes Laura hacía exactamente eso: prefería que la llevaran antes que pedirle algo a ella.
Estaba claro que quería decirle algo.
Sofía no tenía ganas de seguirle el juego como antes.
—Si quieres decirme algo, dímelo ya. No hace falta darle tantas vueltas.
Laura desvió la mirada.
—Te estás imaginando cosas. No quiero decirte nada.

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