Cuando hizo esa pregunta, Alejandro ya creía saber la respuesta.
Sofía jamás renunciaría a ese lugar. Lo había amado, había hecho todo lo posible por casarse con él, y ese matrimonio le había costado la vida a su madre. Abandonarlo sería como decir que su muerte no había valido nada.
Además, los Morales siempre calculaban todo con frialdad. Nunca permitirían que Gabriel se casara con una mujer que ya había estado casada, y menos con alguien que salía de la familia García. Cualquier persona en su sano juicio no cometería ese error.
Mientras esperaba la respuesta, Alejandro metió la mano al bolsillo y cerró los dedos alrededor de la cajita que había guardado ahí desde antes.
Apretó los labios.
—Si me prometes que no vuelves a tener ningún trato con Gabriel, yo...
—Ya no lo quiero.
Sofía lo cortó con calma, mirándolo directo a los ojos, a esa seguridad y satisfacción que él tenía grabadas en la cara.
Alejandro se inmutó.
—¿Qué?
—Ya no quiero el lugar de la señora García. Y nosotros ya nos divorciamos.
Sacó del bolso el acta de divorcio que había traído preparada y se la puso en las manos.
Alejandro la miró fijamente. Tardó un momento en reaccionar y soltó una carcajada burlona.
—Sofía, no me vengas con eso. ¿Qué gracia tiene falsificar un acta de divorcio?
—Es real.
—Imposible.
¿Cómo podía haberse divorciado sin que él se enterara de nada? Además, después de tantos años de matrimonio había bienes de por medio, habría que haber firmado un acuerdo de repartición.
Sofía le había entregado un documento en su momento, sí. Pero él recordaba no haberlo firmado.
Sofía le leyó el pensamiento.
—Esa noche no te di los papeles de la alianza con los Herrera. Te di nuestro acuerdo de divorcio. Y como querías, me voy sin nada.
Alejandro estaba paralizado.
La miró a los ojos. Estaban tranquilos, sin ningún temblor, sin ninguna grieta.
Tan tranquilos que el divorcio seguía sin parecerle real.

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