El paparazzi se sobresaltó tanto que casi deja caer la cámara de las manos.
Giró la cabeza y se topó con una chica que llevaba cubrebocas y una gorra. Ella también sostenía una cámara.
—¿Eres de los nuestros? —preguntó el paparazzi, frunciendo el ceño.
La chica le sonrió con picardía.
—Así es, amigo, hazme un espacio para esconderme, ¿no?
No era común ver paparazzis mujeres; lo usual era toparse con fanáticas obsesivas. Pero eso a él no le importaba en lo más mínimo.
—Ni lo sueñes, busca otro sitio para esconderte —le soltó, tajante.
La chica lo miró con el ceño arrugado unos segundos.
—¿A poco también te llamó Fátima? —preguntó, dudosa.
El paparazzi se quedó pasmado.
—¿Qué? ¿Tú también viniste por Fátima? ¡No puede ser! ¿Esa mujer llamó a dos paparazzis?
La chica se agachó, los ojos le brillaban de emoción.
—¿A poco tú fuiste el que tomó las fotos en el centro comercial ayer? ¡Me arrepiento cañón, no debí irme tan pronto!
El paparazzi abrió los ojos, incrédulo.
—¿Tú también estuviste ayer? ¿Qué demonios planea Fátima?
Si los dos lograban sacar fotos, la exclusiva iba a perder fuerza, así que ya no sería tan escandalosa.
La chica sonrió, divertida.
—Mientras paguen, ¿qué más da? ¿Cuánto te soltó Fátima hoy?
De tan molesto, ya ni disimulaba.
—Treinta mil.
Era solo una parte; el verdadero dinero vendría después, cuando se vendiera la exclusiva.
La chica abrió los ojos sorprendida y luego soltó un simple:
—Ah.
El paparazzi se fijó bien en la expresión de la chica y entrecerró los ojos, desconfiado.
—¿Y ese “ah” qué significa? ¿Cuánto te pagó a ti Fátima?
La chica sonrió con suficiencia.
—Obvio que más que a ti. Lo tuyo no alcanza.
A ningún hombre le gusta que le digan que “no alcanza”. El tipo se paró de golpe, furioso.
—¿Y tú quién eres?
El paparazzi, rojo de coraje, levantó la cámara.
—¡Soy uno de los paparazzis que contrataste hoy! ¿Por qué a mí solo me diste treinta mil y al otro cien mil?
Fátima frunció las cejas, molesta.
—¿De qué hablas? ¡Mi asistente jamás llamaría a dos paparazzis al mismo tiempo!
—¡No te hagas! ¡Yo mismo los vi! La chica está justo allá... ¡Espera! ¿Dónde se metió?
El paparazzi volteó, pero la zona ajardinada estaba vacía, ni rastro de la chica.
En ese momento, notó que en la puerta del restaurante había una figura alta y con porte serio, irradiando autoridad.
Fátima también lo vio y el corazón se le aceleró. Le lanzó una mirada fulminante al paparazzi y salió corriendo a pasos cortos hacia Federico.
—¡Fede! ¿Qué haces aquí afuera?
Federico la miraba con el ceño marcado, claramente molesto.
Apenas se acercó, Fátima sintió la tensión en el aire y bajó la voz, tratando de sonar dulce.
—Fede, ese tipo solo vino a preguntar por una dirección, ni lo conozco.
Federico había salido porque Cristina le había mandado el mensaje.

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