Dicen que los antiguos preferían el poder, pero amaban más a las mujeres hermosas.
Si un hombre es capaz de renunciar a un reino por una mujer, ¿qué no haría por una hermana?
De ahí viene el dicho: “el susurro en la almohada puede cambiarlo todo”.
Justo ese era el temor de Malena. Aunque no lo veía probable, la inquietud no se le iba del pecho.
No podía permitir que nadie lastimara a Cristina.
Con ese pensamiento, apretó el volante con fuerza y aceleró el carro un poco más de la cuenta.
...
El elevador exclusivo para directivos era inaccesible para los empleados comunes, así que subía directo, sin paradas, hasta el piso treinta.
Fátima, guiada por su memoria, llegó a la oficina indicada y empujó la puerta sin dudar.
Al ver que la enorme oficina solo tenía a una mujer recostada en el sillón ejecutivo y que no había nadie más, Fátima explotó.
—¿Fuiste tú quien no dejó que Fede me buscara, verdad?
Cristina se incorporó, miró hacia la puerta y, al reconocerla, asintió con tranquilidad.
—Sí, fui yo.
La rabia de Fátima subió como espuma. Se acercó, examinó a Cristina de arriba abajo y terminó aún más molesta.
Era increíblemente atractiva. De lejos se veía perfecta, y de cerca, aún más impresionante.
No llevaba ni una pizca de maquillaje; su piel lucía tan fresca que parecía de diecisiete o dieciocho años.
Federico sí que tiene imaginación, pensó Fátima.
¿A poco esta podría ser su hermana?
Inspiró profundo, entornó los ojos y atacó:
—¿Con qué derecho no dejas que Fede me vea? ¡Eres la otra, ¿lo sabías?!
Los ojos de Cristina, grandes y expresivos, se abrieron de par en par. Una risa incrédula se le escapó.
—¿Perdón? ¿Qué acabas de decir?
Fátima frunció el ceño.
—No te hagas la inocente. Mejor lárgate por las buenas, o no me hago responsable de lo que pueda pasar.
Cristina ladeó la cabeza, con genuina curiosidad.
—¿Y qué piensas hacerme?

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