Dante soltó una carcajada repentina, una risa seca y sin gracia.
—¿Te enamoraste?
—Sí.
Por supuesto que sí. Si no me gustara, ¿por qué estaría con él?
—De ahora en adelante, cada que Gabriel tenga algún evento familiar o reunión, le preguntaré quiénes van —le dije—. Si vas a estar ahí, yo no iré.
Hacía cinco años me había advertido que jamás me cruzara en su camino.
Pensé que después de tanto tiempo, el odio, por muy profundo que fuera, se habría diluido. Pero era evidente que yo le seguía causando mucha repulsión.
Dante clavó su mirada en mí.
—Acabo de pedir que revisaran qué cirugías hubo la tarde que fuiste a mi hospital. ¿Y a que no adivinas?
—¿Qué?
—Esa tarde, hubo una reconstrucción del himen. Y, curiosamente, tú fuiste la única mujer que salió de ese quirófano a esa hora.
Aunque revisar el expediente de un paciente específico iba contra las normas, nadie le impedía checar la lista general de procedimientos programados en el día.
Me sentí humillada, como si me hubieran desnudado frente a una multitud.
Ese tipo de intervenciones no eran precisamente algo para andar presumiendo; a nadie le gustaría que la exhibieran de esa forma.
Dante soltó una sonrisa cínica:
—Catarina Serrano, te mandaste a reconstruir el himen porque tienes pensado acostarte con Gabriel en estos días.
La vergüenza pronto se convirtió en furia.
—¡¿Y qué querías que hiciera?! Si no lo hacía, él me habría preguntado con quién fue mi primera vez. ¿Qué se suponía que le contestara? No podía dar tu nombre, porque habrías dicho que manchaba tu reputación. ¡Hacerlo de esta manera era lo mejor para los dos!
La frialdad en sus ojos era tal que parecía querer arrancarme la piel a tiras y destrozarme los huesos.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Aceleré el paso para salir de ahí.
Pero el mesero que estaba afuera cerró la puerta de pronto. Giré la perilla y no pude abrir. Golpeé la madera desesperada, pero nadie respondió.
Volteé de golpe.
...
Dante había perdido la cabeza.
Incluso cuando fue lo suficientemente frío como para ignorar mi existencia, nunca imaginé a qué extremos podía llegar. Estaba demente.

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