En cuanto Adriano vio a Gabriel, se acercó corriendo a saludarlo:
—Señor Soto, buenas tardes.
—Qué milagro verte por aquí. —Gabriel le echó un vistazo rápido y enseguida regresó la vista a Elena—. Y ella es...
—Es mi esposa, Elena —respondió Adriano con un tono sumamente respetuoso—. Elena, él es el señor Soto, salúdalo.
Antes de que Elena pudiera decir algo, se escuchó un alboroto al otro lado del yate.
—¡Ya bajó el señor Rivas!
—¡Es el señor Rivas!
—¡Sebastián!
Lo llamaban de distintas maneras, pero el sentido era el mismo: Sebastián acababa de aparecer.
Gabriel se extrañó y miró la hora. Todavía faltaba rato para que empezara el evento de manera oficial, ¿por qué había bajado tan temprano?
Como Adriano y su esposa no le importaban en lo más mínimo, Gabriel ni siquiera les prestó más atención y se fue directo hacia Sebastián.
A Adriano se le endureció el gesto de puro coraje.
—¿Qué, estás muda? ¿No sabes saludar o qué?
—Se acaba de ir, ¿a quién querías que saludara? —replicó Elena.
—¡Pues por lenta se fue! —le reclamó Adriano, frunciendo el ceño—. Si le dejaste una mala impresión, ¡te la vas a ver conmigo!
—Entonces para qué me trajiste.
—¡Ya cállate! —Adriano la jaló del brazo hacia un lado—. Toda la gente que vino hoy se mueve en un nivel al que nosotros ni nos acercamos; no podemos darnos el lujo de quedar mal con nadie. ¡Ponte lista!
Gabriel se acercó a su amigo y le preguntó:
—¿Qué haces aquí tan temprano?
Sebastián retiró la mirada del público y solo soltó un murmullo de afirmación.
Gabriel, que ya estaba acostumbrado a lo poco que hablaba, lo barrió con la mirada de pies a cabeza.

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