—Mi embarazo lo arruinaste tú, y Diego jamás habría sido tan miserable conmigo si no fuera por tu maldita influencia. Tú también me las vas a pagar.
—¡Mejor vayan rezando, a ver cómo Amaya las hace pedazos a las tres! —gritó Sofía.
Levantó el puño para apoyarla y gritó aquello con total convicción.
Un segundo después, se encogió de hombros y arrastró a su amiga lejos de ahí a toda velocidad.
—¡Ami, qué cabrona! ¡Cuando les estabas soltando todo eso te veías imponente, parecías una superheroína!
Sofía infló el pecho y se puso las manos en la cintura, tratando de imitar la actitud que su amiga había tenido un momento antes.
La expresión seria de Amaya se suavizó al instante. Estuvo a punto de reírse, pero al mover los músculos, el dolor en su rostro fue insoportable.
—Sofi, me arde muchísimo la cara... —se quejó Amaya.
—¡Vámonos de aquí, te tiene que revisar un doctor rápido! —exclamó Sofía, alarmada.
Recibir cien bofetadas no era cosa de juego. Cuando Amaya entró al consultorio médico, el doctor se quedó boquiabierto ante el estado de su rostro.
De inmediato le aplicó compresas frías y le recetó la mejor crema para desinflamar, dándole indicaciones estrictas de cómo aplicarla.
***
Mientras tanto, en la familia Muñoz...
Todo era un caos total. Tanto en la mansión como dentro de las oficinas del Grupo Muñoz, el ambiente parecía un auténtico polvorín.
El video de la señora de la casa junto a su hermana y sobrina actuando como una bola de verduleras acorralando y humillando a la joven esposa corría por las redes como pólvora encendida.
Intentaban borrarlo, pero era imposible detener la ola de reproducciones.
En el Grupo Muñoz, desde el consejo directivo hasta el último empleado de intendencia de las sucursales, todo el mundo estaba pegado a la pantalla enterándose del chisme con bastante entusiasmo.
Que un grupo de mujeres usara su poder de esa forma ya era un acto cobarde, pero encima el escándalo había sacado a la luz un caso de acoso que ocurrió hace más de diez años.
Resultaba que tanto Amaya como su madre habían sido víctimas de esa misma gente. Las habían maltratado, humillado, obligado a hincarse e incluso forzado a abofetearse. ¡Dios santo, todo el internet estaba que hervía de rabia!
Desde que explotó la bomba de la transmisión en vivo, las acciones del Grupo Muñoz entraron en caída libre, desplomándose de tal manera que ni un experto corredor de bolsa habría podido salvarlas.
Diego sentía que estaba tratando de apagar incendios en medio de una ventisca: apenas lograba controlar un problema cuando otro estallaba en sus narices.
—No te preocupes, te veré en un rato. Ya sabes el lugar —sentenció la joven.
Amaya colgó la llamada, y el brillo en su mirada se volvió helado.
Gracias a la crema, su rostro se había desinflamado un poco, pero seguía luciendo de un tono rojo intenso; los rasgos de su cara estaban tan hinchados que era doloroso verla.
Se puso un abrigo, una gorra que le cubría la frente, un cubrebocas, agarró el nuevo acuerdo de divorcio y salió de la casa.
Dado que Diego le había dado largas a la firma, ella decidió alterar los términos a su favor.
Aparte de todas las cláusulas que obligaban a cubrir los gastos de su hija y garantizar su herencia, incluyó un nuevo artículo. En él, exigía a Diego una compensación por el daño moral que sufrió en los últimos cinco años junto a los Muñoz: diez millones al año, sumando un total de cincuenta millones de pesos.
Cada insulto, cada lágrima y cada menosprecio los había cotizado en efectivo, dejándolo muy en claro en un papel oficial.
Mientras Diego siguiera negándose a firmar, ella solo añadiría más exigencias económicas al documento, y bajo ninguna circunstancia le iba a rebajar ni un peso.
***
Amaya llegó a La Cocina de Abuela, un pequeño y exclusivo restaurante decorado con motivos de conejos; siempre había sido su sitio favorito para refugiarse.

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