Se llevaba muy bien con el dueño, un hombre amable que había dejado a varios conejitos paseando libremente por el jardín de la parte trasera del local.
Amaya tenía los ojos grandes y unos dientes delanteros prominentes que parecían de conejo. Cuando no estaba de mal humor era una persona dócil, pero cuando se enojaba, se transformaba e incluso mordía... Por esa razón, de niña su hermano la apodó «Conejita».
Tiempo después, con el estreno de la película Zootopia, la protagonista Judy Hopps le fascinó, y desde entonces desarrolló una auténtica obsesión con esos animales.
Diego abrió la puerta de la zona reservada y encontró a Amaya recargada sobre su mano, mirando absorta a los conejos que corrían tras el cristal.
La visera de la gorra ocultaba su cara, por lo que era imposible leer su expresión, pero su cuerpo entero irradiaba una sensación de profunda soledad y fragilidad.
Ella solía ser una mujer llena de vida y siempre transparente en sus emociones.
Diego estaba convencido de que, durante esos cinco años de matrimonio, la había tratado bien y le había dado toda la libertad del mundo.
Sentía que jamás interfirió en sus gustos personales. A él siempre le encantaron las mujeres con el pelo largo y a ella le gustaba llevarlo corto; aun así, nunca le recriminó nada y lo aceptó sin quejarse.
Ahora, al tenerla de frente, la furia de Diego se disipó a la mitad.
Dio un paso adelante y, por puro instinto, quiso tomar a Amaya de la mano. Sin embargo, ella lo esquivó a la perfección.
El hombre se quedó con el brazo extendido, congelándose por completo su gesto facial.
La miró desde arriba con tono demandante:
—¿Qué necesitas para que detengas todo este show?
Estaba agotado, no le daban los números ni las fuerzas para controlar la situación y no podía estar en todas partes a la vez.
Si Amaya seguía con ese alboroto, terminarían todos hundiéndose juntos. Acabaría exponiendo todas las vergüenzas de la familia Muñoz y el mundo entero se burlaría de ellos.
Diego ya no podía soportar eso. Quería saber de una buena vez qué buscaba Amaya con tanta rabia.
—¿Tanto te urge que deje a Vera en paz? —preguntó ella.
Amaya tenía un tono sereno. Giró lentamente hacia él y señaló la silla de enfrente:
—Toma asiento.
Diego soltó un largo suspiro:
—Claro que sí. Si ustedes siguen peleándose así, ni el mismísimo presidente nos va a salvar.
Pero si a Vera se le ocurría seguir molestándola, la historia sería muy distinta...
En cuanto a las dos hermanas, Josefa y Sonia, a ellas jamás las iba a perdonar. La deuda pendiente que tenían seguía abierta y no dudaría en ajusticiar cuentas.
Diego tomó los documentos, les dio una revisada veloz de principio a fin, y sintió como si alguien le encajara un cuchillo directo en el corazón.
Clavó en ella una mirada incrédula:
—Ah... Así que armaste todo este maldito escándalo... ¡¿Y al final solo lo haces por dinero?!
»¿Qué pasa? ¿Camilo Torres no te afloja los billetes, o es que quieres exprimirme al máximo para que puedan vivir cómodos como la parejita feliz?
Un silencio fúnebre acompañó a Amaya; ella no supo qué responder a tal estupidez.
Esas simples preguntas fueron como bombas cayendo directo en la mente de la joven, detonando una bomba de rabia.
Al instante, se levantó como resorte de la silla, se inclinó sobre la mesa y, sin pensarlo dos veces, ¡le soltó una bofetada colosal que retumbó en todo el lugar!
El hombre había dado justo en la herida... Vaya que Diego sabía perfectamente cómo exprimirle el coraje.

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