Romeo mantuvo su expresión serena, entrecerró un poco los ojos y su semblante se volvió aún más impenetrable.
—¿Y qué con eso? Prefieres no consentir a tu propia esposa... ¿para consentir a la mía?
Diego se quedó en blanco y no pudo decir ni una sola palabra.
Camilo tampoco abrió la boca.
Axel prefirió mantenerse en silencio.
Romeo desvió su intensa mirada, dio unos pasos y se acomodó tranquilamente al lado de Camilo.
Diego se moría de ganas por responder a la defensiva, pero ese último golpe de Romeo había sido tan exacto que le cortó el oxígeno. No le quedó de otra que tomar asiento, sin poder esconder la cara de perro rabioso que cargaba.
Recordó que el motivo principal de armar toda esa reunión era investigar de una maldita vez qué carajos estaba pasando entre Camilo y Amaya.
Ni por asomo pensó que Romeo se iba a aparecer.
Y, encima, escuchando su tono de voz, le dio la impresión de que Romeo jugaba en el equipo de Amaya, mostrándose sorprendentemente desinteresado por los asuntos de Vera.
Que él supiera, Romeo y Amaya casi nunca habían convivido en el pasado; si acaso, se habían cruzado un par de veces para platicar rápido sobre algún proyecto del despacho y nada más.
En su papel de hermano mayor adoptivo, Diego sintió un fastidio instintivo y su rostro se ensombreció más. Ya no se pudo aguantar y soltó en defensa de ella:
—Le dejaron la cara deshecha a golpes a Vera. ¿Y no tuviste la decencia de ir al hospital a ver cómo estaba?
Romeo se frotó el puente de la nariz con cansancio.
—Ella fue la que acorraló a otras personas primero. Lo menos que puede hacer es aguantar las consecuencias de sus actos.
Diego frunció el ceño con profunda indignación.
—¿Esa es la actitud que debería tener un marido frente a su esposa?
—Es lo que aprendí de ti —respondió Romeo con calma.
Diego se quedó callado. ¿Qué carajos estaba pasando?
¿Hasta Romeo ya se le ponía al brinco con indirectas y sarcasmos?
Sus mejores amigos, esos mismos cabrones con los que había crecido de la mano toda la vida, ahora no solo se negaban a apoyarlo en las malas, ¡sino que hacían fila para sacarlo de sus casillas!
Camilo andaba ayudándole a Amaya a causar desastres y para colmo le advirtió en su cara que iba a andar detrás de ella en cuanto firmara el divorcio.
Y ahora resultaba que Romeo, alguien que jamás metía la nariz en chismes ajenos, siempre centrado y obsesionado con su trabajo, repentinamente lo trataba con un desprecio inexplicable.
—A ver... ¿no me digas que tú también te creíste que hay algo entre Vera y yo...? —preguntó Diego por fin. Las palabras se le atoraron a la mitad; sintió vergüenza de sacarlo y mejor ya no dijo nada más.
—No hay ningún malentendido de por medio —aclaró Romeo al instante.

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