—¡Amaya! ¡Romeo! ¡Abran la puerta! ¡Sé que están ahí adentro!
Diego había visitado esa casa en el barrio viejo con Romeo en el pasado, así que no le costó trabajo dar con el lugar.
Bajo el aguacero, empezó a golpear la puerta como desquiciado, gritando a todo pulmón por miedo a que no lo escucharan.
Romeo frunció el ceño al escuchar el alboroto.
Salió a paso tranquilo y quitó el pasador del portón de madera del patio. Ahí estaba Diego, parado bajo la lluvia torrencial, empapado hasta los huesos; el agua le escurría por la mandíbula.
Tenía los ojos rojos de pura rabia y clavó una mirada cargada de hostilidad y furia en Romeo.
—Ustedes dos solos... ¿qué están haciendo ahí adentro? —soltó Diego con voz ronca, reprimiendo su coraje—. Te lo advierto, Romeo, ¡no te pases de la raya!
Sin darle tiempo a responder, le dio un fuerte empujón a Romeo en el hombro y se metió a la fuerza.
Abrió la puerta de la casa de un manotazo y escudriñó el lugar desesperado, hasta que su vista se detuvo en aquella silueta conocida.
La luz cálida le daba a la sala un ambiente muy acogedor.
Amaya estaba sentada en silencio a la mesa de madera.
Llevaba puesta una pijama de algodón a cuadros azules y blancos, un poco holgada del cuello, lo que dejaba a la vista sus clavículas. Algunos mechones húmedos se le pegaban a la piel, dándole un aire desprotegido, propio de quien acaba de salir de bañarse.
Sostenía con fuerza el plato entre sus manos. Sus ojos, que por lo general eran serenos, ahora brillaban con una indignación contenida y un desprecio total, marcando una clara distancia.
Verla así fue como una puñalada para Diego; los celos y el arrepentimiento se mezclaron de golpe, volviéndolo loco.
—¿Qué berrinche te traes ahora en medio de la madrugada? —preguntó Amaya en un tono helado, sin mostrar la más mínima emoción.
Diego soltó una risa sarcástica, se acercó a paso firme y paseó la mirada entre ella y Romeo:
—Tú y él solitos, a puerta cerrada... ¿y todavía me preguntas qué berrinche traigo?
—Amaya, creo que me deben una buena explicación, ¿no?
Romeo se quedó a espaldas de Diego y respondió con frialdad, sin una pizca de remordimiento:
—Si no te hubiera visto con mis propios ojos dejando a Amaya a su suerte, cruzando la calle corriendo para cubrir a Vera de la lluvia, no habría tenido que ir detrás de Amaya. ¿El que tiene que dar explicaciones no eres tú?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta