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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 821

Josefa temblaba de furia. Señalando con el dedo a la cara de Beatriz, estalló en gritos, escupiendo veneno con cada palabra:

—Esa cualquiera de Amaya ya está muerta, y tú no eres más que una anciana amargada y sin herederos. ¿De verdad te crees la gran cosa? Te lo advierto, Reni lleva la sangre de la familia Muñoz, ¡no permitiremos que te la quedes!

Melina Muñoz dio un paso al frente, haciendo resonar sus tacones. Sus ojos clavaron una mirada venenosa en Beatriz y su tono rebosaba amenaza:

—Beatriz, te aconsejo que seas inteligente y nos entregues a Reni de inmediato. Si no lo haces, no nos culpes por ser crueles. ¡Haremos que ni siquiera puedas seguir viviendo en este Residencial Monte Verde!

Vera Ramos se mantenía a un lado. Aunque no pronunció palabra, una sonrisa fría y triunfal se dibujó en sus labios, como si la pequeña Reni ya fuera su trofeo.

Aunque Beatriz Ibarra estaba mentalmente preparada para esto, ver a esas tres mujeres con expresiones tan detestables le revolvió el estómago.

Estaba a punto de responder cuando Diego Muñoz se dio la vuelta bruscamente y clavó una mirada glacial en el trío liderado por su madre:

—¿Qué hacen ustedes aquí?

Al ver a su hijo empapado, a Josefa se le encogió el corazón. Se apresuró a acercarse para secarlo, pero Diego la apartó de un empujón.

—Diego, ¿te volviste loco? ¡¿Por qué defiendes a esta vieja histérica?!

Josefa comenzó a gritar con voz aguda.

—¡Te echó agua sucia encima, te trata como basura y encima se niega a darte a tu hija! ¡¿Por qué demonios tienes que ser amable con ella?!

—¡Mamá! ¡Suficiente! Sin importar lo que haga, es la madre de Amaya, ¡es la abuela de mi hija! —articuló Diego, palabra por palabra, con la mirada fría como el hielo—. Lo que pase entre ella y yo lo resolveré yo mismo. No necesito que se entrometan. ¡Váyanse de aquí inmediatamente!

Josefa se quedó paralizada por el grito de su hijo durante varios segundos antes de reaccionar. Se llevó las manos a la cintura, con los ojos a punto de salirse de sus órbitas por la indignación:

—¿Que me vaya? Entonces dime, ¿dónde quedó tu orgullo de hombre?

—Te arroja agua fría, te trata así, ¡¿y tú todavía te arrastras para complacerla?!

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