Diego abrió mucho los ojos, estupefacto:
—Romeo, las cosas no son como tú crees...
El rostro habitualmente sereno de Romeo mostraba ahora una expresión sombría y amenazante:
—Ya sé toda la verdad.
—Justo un mes antes de que me obligaras a casarme con Vera, ella entró a escondidas en tu cuarto mientras estabas borracho. Quería aprovecharse de la situación para amarrarte, pero Leonor se dio cuenta a tiempo y la detuvo. Por eso ustedes dos no llegaron a nada.
—Desde ese día supiste lo que Vera sentía por ti, así que decidiste buscar a un hombre de tu entera confianza para quitártela de encima. Y yo era el candidato perfecto, ¿verdad?
Diego negaba con la cabeza una y otra vez, desesperado:
—Romeo, te juro que no es como piensas...
Romeo soltó una carcajada, ignorando por completo la negación de Diego:
—No importa cuál sea la verdad del pasado, lo hecho, hecho está.
—Al principio no pensaba darle más vueltas al asunto. Ya que había cometido un error, iba a seguir adelante con él. De todos modos, como no pude casarme con la mujer que amaba, me daba igual quién fuera mi esposa.
—Pero resultó que tu prima es una mujer que no sabe estarse quieta. Llevamos cinco años casados y se la ha pasado haciendo berrinches y escándalos todo este tiempo... y todo eso lo soporté.
—Pero por muchas locuras que haga, debe haber un límite. Embarazarse de otro hombre y luego intentar usar el mismo truquito para echarme la culpa a mí... Eso sí que no se lo voy a pasar.
Aquellas palabras cayeron como una bomba. No solo Diego se estremeció de pies a cabeza, sino que hasta Amaya se quedó con la boca abierta, incapaz de creer lo que acababa de escuchar.
Diego se quedó gélido, con la mirada desencajada, y su voz sonó más ronca que nunca. Sintió que la sangre le hervía del coraje:
—Romeo, ¿de qué demonios estás hablando?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta