Amaya no tenía ni idea de dónde había sacado Vera a esa pandilla de delincuentes.
Aquellos tipos entraron como animales. En cuanto pisaron la sala, empezaron a tumbar las sillas, romper la vajilla y tirar los floreros decorativos contra el suelo.
El ruido de los destrozos retumbaba por toda la casa.
Amaya se tapó la boca, horrorizada. Por puro instinto intentó detenerlos, pero ya era tarde:
—¿Están locos?
—¡Son las cosas de una señora mayor! ¡Por favor, dejen de romperlas! ¡Vera, diles que paren!
A Vera le brillaban los ojos de la emoción. Lejos de detenerlos, agarró un fino jarrón de porcelana y lo reventó contra el piso:
—¡Rómpanlo todo! ¡Hagan pedazos esta maldita casa!
—¡Si Romeo tiene los huevos de engañarme y usar este cuchitril para esconder a sus amantes, hoy mismo se va a enterar de que conmigo nadie se mete!
Con el cabello desgreñado y fuera de sí, Vera parecía una completa desquiciada.
Al ver cómo destrozaban pertenencias tan valiosas y arrancaban las plantas a pisotones, Amaya entró en pánico.
Se lanzó para intentar frenarlos, pero el tipo del pelo pintado que iba al mando la empujó con brutalidad.
Amaya perdió el equilibrio y trastabilló hacia atrás.
Justo a sus espaldas estaban las escaleras de madera. Al darse cuenta de que iba a golpearse la nuca, soltó un grito y cerró los ojos, aterrada...
Sin embargo, el golpe nunca llegó. Sintió que caía en los brazos de un hombre firme y cálido, envuelto en un ligero aroma a fresia.
Una mano fuerte la sujetó por la cintura, estabilizándola de inmediato.
Amaya levantó la vista y se topó con el rostro impecable de aquel hombre, cuya mandíbula tensa parecía esculpida en piedra.
En sus facciones se notaba una furia contenida; aquellos ojos que normalmente eran serenos, ahora ardían de rabia pura.
Una voz profunda resonó justo encima de ella:
—¿Estás bien?
Amaya se reincorporó rápidamente y negó con la cabeza:
—Yo estoy bien, pero la casa de tu abuela...
Suspiró con pesadez. Al instante siguiente, el hombre pasó por su lado a toda velocidad.
Fue directo hacia Vera, le agarró el cuello de la chamarra con una mano y la miró echando chispas:

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