Con el corazón apesadumbrado, Diego apareció en la entrada de Residencial Monte Verde sosteniendo un ramo de flores fúnebres.
Había estado tan sumergido en su tristeza esos últimos días, que solo cuando su madre se lo mencionó, cayó en cuenta de la realidad: con la partida de Amaya, él era el único familiar directo que le quedaba a Reni en el mundo.
La idea de que su pequeña hija creciera sin su mamá... hacía que a Diego se le desgarrara el alma.
Con una expresión solemne y formal, tocó el timbre.
Un momento después, Beatriz abrió la puerta. Al ver que era Diego quien estaba afuera, su rostro se endureció de golpe.
Beatriz sabía perfectamente que Amaya y Romeo estaban vivos y a salvo, así que no sentía la más mínima tristeza.
Ver a Diego parado ahí sosteniendo un ramo de flores para el luto le resultó repulsivo e irónico. Sin poder contenerse, lo confrontó con frialdad:
—Diego, ¿qué demonios haces tú aquí?
Diego mantuvo su compostura, irguiendo los hombros con actitud solemne:
—Mamá, lo que pasó no tiene remedio. Espero que aceptes mis condolencias...
—¡Cuál mamá ni qué nada! ¡Yo no soy tu madre! —lo cortó Beatriz, con un tono lleno de fastidio—. Diego, a mí no me vas a venir con el cuento de la devoción. Si tienes algo que decir, ¡dilo rápido!
La comisura de los labios de Diego tembló levemente, pero logró contener sus emociones. Miró fijamente a Beatriz y adoptó una postura seria:
—Muy bien, entonces iré directo al grano.
—Señora Beatriz, hoy vine a hablar sobre el futuro y la custodia de Reni. Me gustaría que me permitiera pasar para que podamos discutir este asunto civilizadamente.
Amaya ya la había advertido de antemano.
Por lo tanto, Beatriz estaba perfectamente preparada para esta situación.

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