Cuando Romeo abrió la puerta, vestido únicamente con una bata de baño blanca, su mirada aún estaba un poco desenfocada y sus mejillas mantenían un leve rubor.
Con el cabello empapado y desordenado, miró a su madre con cierta vergüenza:
—Mamá, ¿qué haces aquí?
Ximena lo fulminó con la mirada:
—¡Muchacho irresponsable! ¡Te tardaste tanto que pensé que te habías desmayado en la ducha!
Amaya, que venía caminando detrás de Ximena, le echó un vistazo a Romeo.
Esa simple mirada hizo que su corazón diera un vuelco.
Romeo siempre había sido asombrosamente guapo, pero recién salido de la ducha, desprendía un aura irresistible.
No era una belleza agresiva o vulgar, sino la elegancia magnética y contenida de un hombre distinguido.
El cabello húmedo le caía sobre la frente, dándole un aire despreocupado pero increíblemente seductor.
Amaya contuvo el aliento, sintiendo cómo sus mejillas se incendiaban. Rápidamente desvió la mirada de la clavícula que se asomaba por el escote de su bata, obligándose a mirar hacia otro lado.
Romeo notó su reacción de inmediato, y una oleada de secreta satisfacción lo inundó.
Al ver que se había quedado mirando a Amaya, Ximena le dio un pequeño golpe en el hombro:
—¿Tienen hambre? Les traje empanaditas de masa fina. ¿Quieren que les prepare unas cuantas?
Su tono era sumamente cálido y cercano.
Parecía la típica escena de una suegra consintiendo a una pareja de recién casados.
Al escuchar sobre la comida, Romeo asintió de inmediato: —Sí, mamá. Haz bastantes, tengo mucha hambre.
—De acuerdo.
Amaya se apresuró a ofrecerse:
—Señora Ortega, déjeme ayudarle.

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