Amaya conectó los puntos de inmediato en su cabeza:
—La maestra Guzmán me presumió un montón de veces que su nieto era un genio. Decía que desde niño tenía un talento increíble para el dibujo, que le habían dado becas, que se hizo famoso súper joven y que había diseñado edificios impresionantes por todo el mundo... ¡Y resultaste ser tú!
Romeo soltó una carcajada y le tendió la mano:
—Ya veo, venimos de la misma escuela. Con razón cada vez que veía tus diseños sentía que ya los conocía. Ahora entiendo, fue influencia de mi abuela.
Amaya le dio la mano enseguida. La tensión que Vera había dejado en el ambiente desapareció por completo, dando paso a una charla amena y de mucha confianza:
—Mucho gusto, Romeo.
Romeo rio con ganas:
—El destino nos tenía que juntar.
Amaya asintió con una sonrisa, totalmente de acuerdo.
Siguieron platicando de un montón de anécdotas de la maestra Luciana. La plática fluyó tan bien que, sin darse cuenta, se les fue toda la mañana.
***
Mientras tanto, en otro lado, el ambiente era muy distinto.
Vera iba pálida del susto, llorando a gritos y suplicando perdón todo el camino. Pero a Diego no le importó y manejó directamente hacia un hotel.
Rentó una habitación y obligó a Vera a entrar, dejándola llorando en un rincón. Luego, con la cara descompuesta de furia, les marcó a Josefa y Sonia Ponce, ordenándoles que llegaran de inmediato porque tenía algo grave que decirles.
Era un asunto tan vergonzoso que Diego no quería tratarlo en su casa, por eso prefirió el hotel.
Mientras esperaba a que llegaran su mamá y su tía, Diego se paró junto a la ventana y fumó un cigarro tras otro, sin parar.
Josefa y Sonia por fin llegaron, apuradas y ansiosas.
Al abrir la puerta, vieron a Diego fumando junto a la ventana en un cuarto lleno de humo, mientras Vera estaba hecha bolita en un rincón, llorando a mares.
—¿Qué pasó? ¿Por qué nos hiciste venir con tanta urgencia? —preguntó Josefa.
—Diego, ¿fue Amaya, esa maldita, la que le hizo algo a Vera? ¿Cuándo te vas a divorciar de ella? ¡Hasta cuándo la vas a seguir defendiendo!
Al ver a Vera tan deshecha, lo primero que Josefa pensó fue que Amaya se había metido con ella.
Furiosa, se acercó a Diego dispuesta a darle un manotazo en el hombro, pero la mirada helada y asesina de su hijo la paralizó de golpe, haciéndola caer sentada en el piso.
—Los que se van a divorciar no somos nosotros. Son Vera y Romeo —dijo él.
La voz de Diego sonó grave y rasposa. ¡Esa sola frase hizo que las caras de Josefa y Sonia perdieran todo el color!

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