Sonia empezó a tartamudear del susto, sin poder articular bien las palabras:
—¿Qu-qué dijiste? ¿Vera y Romeo se van a divorciar? ¿Por qué? ¿Acaso Romeo le hizo algo malo a mi niña?
Josefa se llevó la mano al pecho, mirando a Diego llena de dudas:
—Sí, si estaban tan bien... ¡Aparte acaban de tener a su bebé! ¿Cómo que se van a divorciar?
—Además, la familia Ortega es de las más decentes de todo Solsepia, todos lo saben. Ellos no tienen la costumbre de andar divorciándose.
Diego cerró los ojos, sintiendo un dolor profundo.
Vera era su prima consentida, a quien cuidaba como a una hermana. Y aunque hasta la fecha él no entendía cómo Vera había terminado en la cama de Romeo aquella noche...
Cuando descubrió todo el asunto, su primera reacción fue de asombro, pero después sintió un alivio en secreto.
Que Vera se hubiera casado con Romeo había sido como sacarse la lotería.
De todos sus amigos, Romeo era el que tenía mejor carácter, la mejor familia y más poder. Era el candidato perfecto en todos los sentidos, sin lugar a dudas.
Y ni se diga del peso que tenía la familia Ortega: un apellido con historia, repleto de empresarios y políticos importantes, dueños de una fortuna de muchas generaciones pero que mantenían un perfil muy bajo.
En todo Solsepia, muy pocos podían ponerse al tú por tú con los Ortega. Aunque la familia Muñoz había crecido bastante en los últimos años, aún le tenían mucho respeto y cuidado a un apellido de ese calibre.
Romeo no tenía la más mínima intención de casarse con Vera en aquel entonces; fue Diego quien lo presionó por todos lados para obligarlo a aceptar la boda.
Diego sentía que le había asegurado el futuro a Vera, entregándole al mejor hombre posible.
Por eso, cuando supo que Vera estaba embarazada, se alegró tantísimo. Había viajado un montón de veces a Aquilinia para acompañarla... Él mejor que nadie sabía que, si Vera daba a luz al primer nieto de los Ortega, tendría la vida resuelta para siempre.
Pero nunca, ni en sus peores pesadillas, imaginó que Vera fuera capaz de jugar con algo tan sagrado.
Recordar las palabras de Romeo solo le confirmaba que Vera había echado a la basura todo el esfuerzo que él había hecho por ella.
Diego, cegado por la furia, agarró a Vera de la ropa y la aventó al piso frente a Josefa y Sonia:
—Explícales tú misma a tu mamá y a tu tía Josefa qué diablos pasa con Mateo.
—Vera... ¡Para esto te cuidé y te apoyé todos estos años! Para que al final terminaras hundiéndome y destruyendo mi reputación. ¿Cómo pudiste ser tan estúpida?
Diego se tocó el pecho, sintiendo el corazón a mil por hora. Sentía que en cualquier momento le iba a dar un infarto fulminante por tanto coraje.
Todo ese asunto parecía sacado de la peor telenovela.
Josefa respiraba agitada, a punto de explotar:
—Diego, ¡deja de gritar! ¡Díganme ya qué pasó, me van a matar de los nervios! —exclamó, caminando de un lado a otro.
Diego cerró los ojos, respirando hondo para intentar controlar la rabia:
—La familia Ortega hizo tres pruebas de ADN. Ya confirmaron que Mateo no es hijo de Romeo.
Apenas terminó de hablar, un silencio sepulcral invadió la habitación.
Vera se tapó la boca, con los ojos llenos de pánico, y al segundo siguiente soltó un grito desgarrador:
—¡Diego! ¡No puede ser! ¡Eso es mentira!
—¡El niño es de Romeo, claro que es de él! Si no es de él, ¿de quién más va a ser?
Sonia y Josefa se miraron, pálidas como la muerte. Estaban tan impactadas que casi se van de espaldas; se agarraron del brazo la una a la otra, con caras de absoluto terror e incredulidad.
—Hijo, ¿qué estás diciendo? ¿Cómo que Mateo no es de Romeo? Eso... ¿cómo va a ser posible?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta