Con los ojos llorosos, Amaya replicó:
—Mamá, cuidar a la niña de noche es muy cansado. Aunque está Marta, si la bebé llora igual te vas a despertar, y la verdad no confío en dejar que Marta duerma sola con ella. Mejor lo hago yo.
Beatriz negó con la cabeza:
—No te apures, tengo mucha más experiencia que tú. A tu hermano y a ti los crie yo sola. Tú vete tranquila a perseguir tu pasión, pon todo tu empeño y si lo vas a hacer, hazlo en grande.
Amaya sintió que se llenaba de valor; ese obstáculo que tanto la angustiaba acababa de desaparecer por completo.
Al final, los padres siempre terminaban siendo el apoyo más fuerte y el último refugio para sus hijos.
Llena de gratitud, asintió y se arrojó a los brazos de Beatriz.
—Mamá, en todos estos años nunca nos habíamos llevado tan bien como ahora —le dijo.
Beatriz se tensó un poco. No estaba acostumbrada a abrazar a su hija adulta, pero instintivamente comenzó a acariciarle la espalda, con lágrimas asomándosele en los ojos.
—Perdóname, hija —le respondió—. Todos estos años estuve trabajando sin parar y te descuidé muchas veces por exigirte que fueras independiente. Antes tenía demasiados problemas, mi carácter era explosivo y a la menor provocación me desquitaba contigo... Pero ya todo está bien. Cuando tu hermano regrese al país, tantos años de tormenta por fin habrán valido la pena.
Amaya asintió, con la voz entrecortada:
—Sí, todo va a mejorar. De hecho, Romeo me comentó que hay un concurso mundial de diseño arquitectónico... Es la quinta edición del premio "La Columna Eterna", que viene siendo como el Nobel de la arquitectura.
—Acaban de anunciar el tema de este año, y fíjate que encaja perfecto con mi vida ahorita: "Renacimiento sobre las ruinas". Da la casualidad de que tengo unos bocetos que quedan a la medida. Romeo dijo que, si quiero entrarle, él me ayudará a pulirlos para mandar el proyecto. Cree que tengo muchas posibilidades de ganar.
Beatriz frunció el ceño ligeramente:
—¿Romeo? ¿El experto en arquitectura, el diseñador genio del que me hablaste?
—Sí, él mero —asintió Amaya.
La mirada de Beatriz se perdió en el horizonte de sus recuerdos:
—El muchacho de los Ortega... Antes de que nuestra familia perdiera todo, se la pasaba metido en la casa.

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