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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 24

Tenía enfrente a la propia abuela de Reni, pero en su rostro no se veía ni una gota de empatía hacia ella, solo cálculos fríos.

Durante los cinco años de matrimonio con los Muñoz, Amaya había pagado absolutamente todos sus gastos con su propio dinero.

Diego le había dado una tarjeta de crédito tras la boda, pero Josefa se la quitó al día siguiente.

Josefa siempre la trataba como si fuera una ratera, muerta de miedo de que fuera a sacarle dinero a la familia.

Y ahora, ni siquiera con su nieta cambiaba de actitud.

Amaya esbozó una sonrisa burlona.

—De eso mero te quería platicar.

—Acepto el divorcio, pero lo que le corresponde a mi hija se queda con nosotras, hasta el último peso. Sabiendo todo el dinero que maneja Diego, pedir trescientos millones para ella no me parece nada exagerado, ¿o sí?

Josefa golpeó el respaldo de la silla, sintiendo que casi le daba un infarto.

—¿Trescientos millones? ¡Qué descarada! ¿Y por... por qué mejor no asaltas un banco?

—Trescientos millones hasta se me hace poco. La familia Muñoz tiene mucha lana y muchísimas propiedades, seguro no les pesa darle a Reni algunos centros comerciales, oficinas y casas.

Josefa casi se ahoga del coraje, y su voz temblaba.

—¡Estás... estás soñando! ¡Sobre mi cadáver vas a sacarle un solo centavo a los Muñoz!

—¡Desde un principio supe que solo buscabas su dinero, lástima que él no quería ver la realidad! ¡Al fin enseñaste el cobre! ¡Amaya, me he estado preparando para este día!

De repente, Josefa se levantó con aire triunfante y agitó el celular en el aire.

—¿Acaso crees que eres la única que sabe grabar? ¡Amaya, acabo de grabar todo lo que dijiste!

—¡Se lo voy a mandar a Diego, para que vea la fichita que eres en realidad!

Josefa fingió abrir la aplicación para enviarlo, sin quitarle el ojo de encima, esperando su reacción.

Juraba que Amaya entraría en pánico al saberse grabada y que le rogaría que no lo hiciera, dejándola así en posición de control.

Sin embargo, se equivocó. Amaya ni siquiera pestañeó al enterarse.

Amaya solo sonrió ligeramente, mirándola de frente.

Era verdad. Durante cinco años, todo su esfuerzo había sido intentar demostrarle a esa familia una sola cosa:

Que se casó con Diego por amor, no por dinero.

Antes jamás se habría atrevido a tocar el tema del dinero con ninguno de los Muñoz, y mucho menos con Diego.

Vivía muerta de miedo de que Diego malinterpretara sus intenciones y pensara que era una oportunista trepadora.

Por eso, durante todo este tiempo, trabajó duro, dándolo todo, dispuesta a sudar sangre con tal de conseguir la aprobación de los Muñoz.

Pero a fin de cuentas, se dio cuenta de que ningún esfuerzo valía la pena; nunca recibiría ni un poco de su aprobación. Lo único que ganó fue arruinar su salud y pisotear su propio orgullo.

A estas alturas, ya le daba igual.

Amar el dinero no estaba mal; a falta de cariño, al menos el dinero pagaba el tiempo perdido.

Había hecho hasta lo imposible por subir a aquel gran barco que era la familia Muñoz. Ahora que iba a bajar de ahí con su hija, sería un insulto a sus cinco años de esfuerzo y juventud marcharse con las manos vacías.

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