Tenía enfrente a la propia abuela de Reni, pero en su rostro no se veía ni una gota de empatía hacia ella, solo cálculos fríos.
Durante los cinco años de matrimonio con los Muñoz, Amaya había pagado absolutamente todos sus gastos con su propio dinero.
Diego le había dado una tarjeta de crédito tras la boda, pero Josefa se la quitó al día siguiente.
Josefa siempre la trataba como si fuera una ratera, muerta de miedo de que fuera a sacarle dinero a la familia.
Y ahora, ni siquiera con su nieta cambiaba de actitud.
Amaya esbozó una sonrisa burlona.
—De eso mero te quería platicar.
—Acepto el divorcio, pero lo que le corresponde a mi hija se queda con nosotras, hasta el último peso. Sabiendo todo el dinero que maneja Diego, pedir trescientos millones para ella no me parece nada exagerado, ¿o sí?
Josefa golpeó el respaldo de la silla, sintiendo que casi le daba un infarto.
—¿Trescientos millones? ¡Qué descarada! ¿Y por... por qué mejor no asaltas un banco?
—Trescientos millones hasta se me hace poco. La familia Muñoz tiene mucha lana y muchísimas propiedades, seguro no les pesa darle a Reni algunos centros comerciales, oficinas y casas.
Josefa casi se ahoga del coraje, y su voz temblaba.
—¡Estás... estás soñando! ¡Sobre mi cadáver vas a sacarle un solo centavo a los Muñoz!
—¡Desde un principio supe que solo buscabas su dinero, lástima que él no quería ver la realidad! ¡Al fin enseñaste el cobre! ¡Amaya, me he estado preparando para este día!
De repente, Josefa se levantó con aire triunfante y agitó el celular en el aire.
—¿Acaso crees que eres la única que sabe grabar? ¡Amaya, acabo de grabar todo lo que dijiste!
—¡Se lo voy a mandar a Diego, para que vea la fichita que eres en realidad!
Josefa fingió abrir la aplicación para enviarlo, sin quitarle el ojo de encima, esperando su reacción.
Juraba que Amaya entraría en pánico al saberse grabada y que le rogaría que no lo hiciera, dejándola así en posición de control.
Sin embargo, se equivocó. Amaya ni siquiera pestañeó al enterarse.

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