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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 23

Sofía notó la tensión en el ambiente y asintió.

—Va, me quedo aquí afuerita. Si necesitas algo me avisas.

Sofía salió y cerró la puerta de la habitación.

Josefa soltó un bufido sarcástico.

—¿Señora Ponce? ¡Qué descaro tienes para decirme señora Ponce!

Amaya sostuvo la mirada helada con Josefa. Por su mente pasaron todas las veces en esos cinco años que se había desvivido por complacerla, solo para recibir puro desprecio.

En el pasado, sin importar cuánto asco le tuviera Josefa, ella siempre la habría llamado «mamá» con respeto, agachando la cabeza para cumplir todos sus caprichos.

Pero ahora, al recordar cómo Josefa había dado media vuelta y se había largado del hospital al enterarse de que había nacido una niña.

Ya ni hablar de decirle «mamá»; ni siquiera sentía que mereciera el trato de una señora.

—Hace mucho me dijiste que dejara de llamarte mamá. Y ahora que lo hago, ¿te ofendes?

Josefa no supo qué responder ante la provocación.

Tras quedarse callada un par de segundos, se enfureció aún más.

—¡No me hables con ese tonito, Amaya!

Amaya no tenía intenciones de darle más vueltas al asunto, así que le devolvió una mirada cortante.

—Seguro escuchaste la grabación de hace rato. Vera confesó con sus propias palabras que todavía siente algo por Diego. Si saco esta grabación a la luz, ya te imaginarás lo que pasará.

Josefa precisamente había ido a reclamarle por eso, pero no esperaba que fuera Amaya quien le advirtiera de las consecuencias.

Le costó trabajo procesarlo.

—Por... por supuesto que sé lo que pasaría. Pero me queda claro que Vera solo hablaba del puro coraje. Ella y Diego son primos, entre ellos no hay nada malo...

Amaya la interrumpió de tajo:

—Si no hay nada malo, entonces, ¿por qué estás tan asustada?

Nuevamente, Josefa se quedó sin palabras.

El silencio incómodo duró unos segundos antes de que su humillación se convirtiera en furia.

—¡No estoy asustada! ¡Me da coraje que andes inventando problemas de la nada!

Arrastró una silla, se sentó frente a ella con toda la arrogancia del mundo y adoptó una pose autoritaria.

—¡Si te quieres divorciar, ten por seguro que lo apoyo al cien! ¡Pero si crees que vas a sacarle dinero a la familia Muñoz usando a tu hija, estás soñando!

El tono de Josefa era firme, todavía destilando su habitual superioridad.

Al fin y al cabo, a sus ojos, durante estos cinco años Amaya había sido la suertuda que logró colgarse del estatus de los Muñoz.

Una simple empleada del Grupo Muñoz que, gracias a una borrachera, se había enredado con el gran jefe y terminó firmando el acta de matrimonio... Cada vez que Josefa se acordaba de eso, hacía corajes entripados.

Especialmente cuando pensaba en la vida escandalosa de la mamá de Amaya; era como tragar hiel, un trago amargo que llevaba cinco años sin poder pasar.

Había pensado que, si Amaya por lo menos les daba un niño, podría hacer el esfuerzo de aceptarla en nombre del primer nieto varón.

Pero su cuerpo resultó ser una decepción, tardando cinco largos años para terminar pariendo a una escuincla que no sirve para nada.

Tan solo de pensar que esa niña compartía sangre con una mujer como Beatriz Ibarra, a Josefa le hervía la sangre. Ni siquiera quería mirarla, y la idea de ser abuela no le causaba ni una pizca de emoción.

Ya se había propuesto que haría hasta lo imposible para que Diego firmara el divorcio. Pensaba echar a Amaya y a la niña a la calle, para cortar el problema de raíz.

Al toparse con la mirada fría y convenenciera de Josefa, Amaya sintió una presión brutal en el pecho, como si acabara de recibir un golpe seco.

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