Un destello de triunfo cruzó por los ojos de Josefa, pero fingió magnanimidad y palmeó el hombro de Diego. —Hijo, hablen las cosas con calma, no hagan un berrinche aquí en el hospital para que los demás se burlen.
Tras decir eso, le lanzó una mirada fulminante a Amaya, dio media vuelta y salió de la habitación con total elegancia.
La habitación quedó sumida en un silencio sepulcral.
Durante la reciente confrontación con Josefa, Amaya se había jalado sin querer la mano del suero. La aguja se había movido y la zona del piquete ya estaba bastante inflamada, pero ella no sentía ni la más mínima molestia.
Mantenía la cabeza baja, sin dirigirle una sola mirada a Diego.
Antes lo amaba con toda su alma, pero ahora... todos los sentimientos en su corazón se habían agriado y era incapaz de encontrar aquel amor de antaño.
Diego notó la herida inflamada. Frunció un poco el ceño, se acercó y se sentó en el borde de la cama.
Tomó la mano helada de ella para revisarla, acomodó la aguja desviada y volvió a ajustar la cinta adhesiva.
Una vez hecho esto, sopló suavemente sobre la herida y su tono de voz se suavizó de forma inconsciente:
—¿Te duele? Siempre andas a las prisas, deberías tener más cuidado cuando tienes puesto el suero.
Él siempre era así.
Cada vez que ella pensaba que iba a enojarse, él repentinamente le mostraba ternura. Eso hacía que todas las emociones acumuladas en el pecho de Amaya se sintieran como un golpe dado al aire, dejándola sin saber qué hacer con su coraje.
Ella retiró la mano rápidamente y, por instinto, se echó hacia atrás para mantener su distancia:
—Ve al grano, no tienes que fingir que te importo.
Diego suspiró. Su voz seguía siendo suave:
—Ami, somos marido y mujer, y ya tenemos a nuestra hija. ¿Qué necesidad hay de portarte tan distante?
Amaya levantó la mirada y se topó con esos ojos profundos de él.
En el pasado se habría perdido en esa ternura, pero ahora no sentía absolutamente nada:
—Yo no fui la que enfrió las cosas entre nosotros. Ya llegamos a este punto, no hay nada más que platicar.

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