Tuvieron que pasar varios segundos para que Diego finalmente reaccionara. Su tono suave se volvió apresurado de golpe:
—No puede ser. Es mi hija, ¿cómo va a llevar tu apellido?
Amaya soltó una carcajada sarcástica. Toda la tormenta emocional en su interior de pronto se calmó:
—¿Hasta ahora te acuerdas de que es tu hija?
—Seguro ya has cargado al hijo de Vera más de cien veces, ¿no? ¿Y a ella? Desde que nació hasta ahora solo ha visto a su papá una triste vez. ¿Acaso es una bastarda que hay que esconder? ¿No merece tener a su padre?
Amaya sintió un nudo en la garganta. No quería llorar, pero las lágrimas no le dieron tregua y empezaron a rodar por sus mejillas.
Nunca lloraba por sus propios problemas; estaba acostumbrada a buscar soluciones.
Sin embargo, no soportaba que su hija sufriera ni la más mínima injusticia, le dolía en el alma.
Era el pedacito de cielo que había dado a luz a sus treinta años, arriesgando su propia vida para traerla al mundo.
Pensar en que el propio padre trataba a su bebé con tanta frialdad le revolvía las entrañas del coraje.
—No, yo...
Diego se quedó en blanco por un instante. Su rostro, siempre sereno y estoico, mostró un claro desconcierto.
Solo en ese momento se dio cuenta de que, efectivamente, había descuidado demasiado tanto a su hija como a Amaya.
Sobre el nombre... no, él sí había pensado en el nombre de la bebé. De hecho, se había pasado varios días hojeando un diccionario especial para ello.
Si había tardado tanto en decidirse era porque sentía que el nombre de su niña debía ser especial, único.
—Déjame explicarte, Ami.
Su evidente nerviosismo fue desapareciendo poco a poco. Dio un paso hacia ella y le tomó las manos:
—Claro que pensé en nombres para la niña, simplemente no había tomado una decisión definitiva. No creas que no me importa nuestra hija.
—Pero que no se llame Renata Ibarra. Es nuestro primer bebé, obvio tiene que llevar mi apellido, ¿no crees?
El tono de Diego volvió a suavizarse, intentando convencerla con mucha paciencia.
Al ver que Amaya no se resistía, volvió a jalarla para abrazarla:
—Te prometo que hoy mismo arreglo todo para registrarla. No importa que no le hayamos festejado su primer mes; te juro que para sus tres meses le haremos un evento espectacular. Invitaré a toda la alta sociedad de Solsepia, te aseguro que la fiesta de nuestra hija será la más comentada y elegante, ¿qué dices?
Amaya se vio nuevamente envuelta en sus brazos, sintiendo cómo ese aroma a pino tan familiar la envolvía por completo.
Quería empujarlo, pero de repente sintió como si se hubiera quedado sin huesos. Perdió toda su fuerza y ya no opuso resistencia.
En ese instante sonó el celular. Era una llamada de Marta:

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