Amaya gritaba fuera de sí.
Sofía seguía peleando con Melina, pero se estaba cansando y terminó siendo sometida en el piso por ella.
Melina, sonando cruel y arrogante, le gritó:
—¡Si dejan que nos lleve la policía, jamás van a saber dónde está la niña!
—Amaya... ¡no puedo creer que te atrevas a traernos a esta bola de gorilas para humillarnos! ¿Acaso no crees que yo... yo...
Antes de que Melina pudiera terminar, salió volando por los aires.
Saúl la agarró de la ropa y, con el más mínimo esfuerzo, la aventó como un saco de papas contra el piso de mármol.
Melina empezó a soltar groserías por el dolor. Intentó levantarse, pero Saúl le puso el pie en el hombro, dejándola inmovilizada.
Sofía por fin pudo soltarse, pero ya se había llevado un par de golpes y traía el labio morado.
Al ver que Saúl había dominado a Melina en dos movimientos, Sofía se acercó sin dudarlo y le acomodó unas cuantas cachetadas, sintiendo por fin un gran alivio.
—¡Hablen de una buena vez! ¡Díganos a dónde se llevaron a Reni!
—¡Si no hablan, no van a salir vivas de aquí!
Sofía gritaba envalentonada, sintiéndose la dueña del lugar.
Alzó las cejas con presunción y señaló al imponente Saúl:
—¿Saben quién es él? ¡Es el mismísimo presidente de MR, la mejor agencia de seguridad a nivel internacional!
—¡Melina, si no abres la boca, le voy a pedir que te zafe los dos brazos!
Saúl no lo dudó ni un segundo. Se agachó y, con suma facilidad, le dislocó ambos brazos a Melina.
Melina jamás había experimentado tanto dolor. Sus gritos fueron aún más exagerados y desgarradores que los de Vera.
Saúl miró a Sofía:
—¿Quiere que también le disloque las rodillas?
Vera, muerta de dolor, asintió rápidamente:
—Sí, fue Diego quien vino por ella. Se acaba de ir hace unos minutos. Márcale si no me crees.
Amaya y Saúl cruzaron miradas y, por instinto, soltaron a las mujeres que tenían sometidas.
—Voy a rastrear su carro para ver a dónde se llevó a Renata —dijo Saúl.
—Está bien, lo voy a llamar ahorita mismo —asintió Amaya.
—Y con ellas... ¿qué hacemos? —preguntó Saúl.
Amaya miró con frialdad a las dos mujeres tiradas en el suelo, pálidas del terror y quejándose del dolor. En su mirada solo había un profundo asco.
¡Habían tocado a su hija y tenían que pagarlo muy caro!
—Que se vayan a reflexionar a la cárcel junto con Leonor.
—¡Saúl, encárgate de que las encierren en celdas separadas, y asegúrate de que en cada una haya una jefa que les enseñe a comportarse!

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