No podía entender por qué el destino había sido tan cruel con ellos, por qué les había jugado una broma tan macabra, arrastrándolos de una tragedia a otra.
El hombre esbozó una media sonrisa, intentando suavizar el ambiente:
—Bueno, pero tengo estas, ¿no? Las piernas mecánicas también sirven. Puedo caminar sin problema.
Y como si temiera que ella no le creyera, se puso de pie frente a ella y dio unos pasos firmes de un lado a otro.
Al ver esto, la mirada destrozada de Amaya recuperó un poco de luz y calor.
—No tienes idea de lo que sentí cuando Romeo me contó que habías perdido las piernas y todo lo que pasaste en el extranjero.
—¡Te juro que tenía ganas de matar a Javier Benítez y a Linda Ibarra! ¡Ese infeliz pudo haberse fugado solo, pero decidió arrastrarte con él y provocó que nuestra familia estuviera separada por años!
Al recordar el pasado, la rabia de Amaya se encendió.
Odiaba a su padre biológico. Odiaba a su tía Linda Ibarra, a quien ni siquiera recordaba bien.
De no ser por ellos, sus destinos no habrían sido destruidos de una manera tan brutal.
—Lo hecho, hecho está —dijo Sebastián Benítez. En sus ojos fríos asomó la tranquilidad de alguien que ha burlado a la muerte—. Volvió a acariciar suavemente el cabello de Amaya—: No hablemos de cosas tristes. Ven, mira el regalo de reencuentro que te traje. A ver si te gusta.
Se inclinó con un poco de esfuerzo para recoger un enorme ramo de girasoles que estaba en el suelo.
Amaya notó que, aunque las prótesis le permitían caminar, no reemplazaban sus piernas reales; el esfuerzo era evidente.
Sintió una punzada en el corazón y rápidamente se agachó para ayudarlo a levantar el arreglo.
Al tomarlo, se dio cuenta de que ese ramo de girasoles era muchísimo más pesado de lo normal.
Miró con atención.
Fue entonces cuando descubrió que las flores no eran lo importante. En el centro del ramo descansaba una tiara deslumbrante, cubierta de diamantes que atrapaban la luz.

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