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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 269

Dentro, el llanto de la niña era como un cuchillo afilado que le cortaba el corazón a Amaya en cada latido.

Casi no podía controlarse, quería entrar corriendo sin importarle nada.

Pero Diego estaba ahí parado, como un muro de hielo y piedra, bloqueándole el paso por completo.

—¿Ya lo pensaste?

Su voz no dejaba entrever ninguna emoción:

—¿Vas a entrar conmigo a terminar esta farsa, o... te regresas de una vez?

Amaya apretó los puños con tanta fuerza que se clavó las uñas en las palmas, provocándole un dolor punzante.

Cerró los ojos y respiró hondo.

Ella era Amaya, y llevaba en la sangre ese orgullo de preferir romperse en mil pedazos antes que ceder.

¿Acaso iba a agachar la cabeza y jugar a la familia feliz con la misma gente que la había lastimado tanto y le había arrebatado a su hija?

Ni loca.

Recordaba muy bien la calidez de la abuela Muñoz.

Pero esa bondad no tenía por qué convertirse en un chantaje para retenerla.

Esta noche, Diego se había quitado la máscara por completo y dejaba claro que iba a irse a los golpes con ella.

Renata seguía en manos de ellos.

Si se empeñaba en entrar a la fuerza, seguro se armaría un escándalo. No le importaba empeorar las cosas, pero le aterraba que, en un arranque, alguien lastimara a Renata.

No iba a permitir por nada del mundo que le hicieran daño a su hija.

—A tu casa no vuelvo a entrar, Diego.

Abrió los ojos; su voz sonó más fría que el hielo.

Diego sintió una punzada de decepción, pero enseguida pensó: «Sabía que iba a decir eso».

Esbozó una media sonrisa, hablando con la tranquilidad de quien tiene todo bajo control:

—Entonces vete. Esta noche, la niña duerme conmigo. No te preocupes, ya le agarré la onda a esto de cuidarla. No voy a ser tan descuidado como la última vez ni dejaré que le pase nada.

Hizo una pausa al ver su rostro tenso y agregó:

—Y no me veas así, como si fuera un secuestrador. También es mi hija, sé perfectamente lo que hago. Tómatelo como un descanso. Vayan a relajarse un rato tú y tu mamá. Además, aunque nos divorciemos, tengo derecho a verla e incluso llevármela a pasar unos días. No puedes alejarla de mí para siempre, eso es ilegal, Amaya.

Todo le sonaba tan falso, como si de repente él fuera el padre más comprensivo y preocupado del mundo.

—Tranquila, te juro que cuidaré bien de nuestra hija. Y mi oferta sigue en pie. Cuando quieras, puedes regresar para que terminemos esta farsa frente a la abuela.

Ese brillo de victoria que cruzó por sus ojos fue como una aguja que se le clavó a Amaya en el orgullo.

Apretó los puños, aguantándose las ganas de soltarle una cachetada.

—Sale, Diego. Ya verás.

Soltó esas palabras y se dio la media vuelta para irse sin dudarlo ni un segundo.

Sabía que cuando te topas con pared, en vez de romperte la cabeza a golpes, es mejor dar un paso atrás y buscarle por otro lado.

Iba a recuperar a su hija a como diera lugar.

Si Diego quería jugarle sucio, pues... ella también tenía sus propios trucos.

Un plan empezó a tomar forma rápidamente en la cabeza de Amaya, aunque su rostro no reflejó absolutamente nada.

Diego se quedó en la entrada, observando cómo Amaya se alejaba con todo su séquito.

Cuando por fin desaparecieron en la oscuridad de la noche, bajó la guardia.

Levantó la mano por instinto y se limpió el sudor frío de la frente.

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