Estaba dispuesta a ceder en todo, absolutamente en todo, por su Reni.
No le importaba perder su figura, dejar de arreglarse, verse demacrada, batallar a diario, sufrir o andar en fachas... Todo eso pasaba a segundo plano con tal de ver a su bebé sana y feliz.
Sus movimientos para usar el extractor ya eran bastante mecánicos, como si estuviera adormecida.
El dolor de la congestión que al principio le parecía insoportable, ya se había vuelto pan de cada día.
Ya era mamá, por fin tenía a su propia bebé... Con solo pensar en la carita preciosa de su hija, las facciones de Amaya se suavizaron inconscientemente.
Diego durmió a Reni y empujó despacio la puerta de la habitación.
Bajo la luz tenue, ella vestía una pijama rosa pastel. El cabello corto que antes siempre llevaba bien estilizado, ahora estaba un poco más largo, y los mechones le caían tapándole levemente el borde de las cejas.
Tal vez por el aura de maternidad, su mirada, que siempre había sido fría y aguda, ahora se veía increíblemente tierna bajo esa luz. Era como si un velo fino la cubriera, despojándola de su rudeza habitual y dándole un toque de dulzura cautivadora que él nunca le había visto.
Tenía la cabeza agachada, metida en sus pensamientos, con unos ojos llenos de concentración y cariño. Reflejaba una paz y una satisfacción tan profundas que él nunca le había conocido.
En ese instante, Diego sintió como si algo invisible le hubiera rozado el pecho, desatando una sensación de calidez que le invadió por completo.
—¿Ya terminaste? ¿Necesitas que te ayude?
Diego se acercó a ella y su voz magnética sonó extremadamente cariñosa.
Amaya reaccionó de inmediato y por puro instinto se cubrió todo con la ropa. Entró en pánico:
—Tú... ¿por qué no tocas la puerta?
Él sonrió encantado y se puso en cuclillas frente a ella:
—Ay, Ami. Ya te conozco completita. ¿A poco te da pena con tu propio esposo?
Diego se sentó junto a Amaya y sacó una cajita alargada de cristal:
—Mandé conseguirte ginseng silvestre para que te repongas. Esta maravilla no la consigues ni con todo el dinero del mundo; la verdad sí me costó mucho trabajo conseguirlo.
Amaya bajó la mirada. Con la poca luz, vio dentro del estuche de cristal una raíz de ginseng impresionante reposando sobre un forro de terciopelo.
A simple vista se veía impresionante; se notaba que era un ejemplar único y de la más alta calidad.
El doctor ya le había advertido a Amaya que tenía un desgaste importante de nutrientes, y que, si no se cuidaba, se iba a andar desmayando. Por eso le había recetado el ginseng.


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