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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 29

Diego colgó la llamada y volteó a ver a Amaya con cara de compromiso:

—Ami...

Amaya no dio su brazo a torcer, su mirada volvió a ser tan dura y fría como antes:

—Si lo compraste para mí, yo no lo voy a andar compartiendo con nadie. Aparte, por favor, ¿a poco la familia Ortega, con todo y su dinero, no va a poder conseguir un simple pedazo de ginseng? Es obvio que Vera solo está...

Amaya se aguantó las ganas de despotricar contra Vera y cortó la frase de golpe.

Diego no tardó ni dos segundos en excusarla:

—No es que no lo puedan comprar, es que Vera no quiere darle molestias a la familia Ortega.

—Ya ves cómo son, es una familia gigantesca. Romeo y Vera quisieron independizarse e irse a vivir su propia vida fuera del país, la neta no tiene caso que vaya a pedirle favores a su familia política nomás por un ginseng.

Amaya ya estaba hasta la coronilla y soltó una risa burlona:

—Diego, ¿no estarás un poco confundido? Vera se casó con un Ortega, no con un Muñoz. Para ella, el extraño eres tú.

Diego no supo qué responder. El ambiente se volvió muy tenso.

Amaya se dio la vuelta, se acostó en la cama y cerró los ojos, perdiendo por completo las ganas de seguir discutiendo con él.

Diego se quedó parado ahí, con el celular sonando sin parar.

A lo lejos, Amaya escuchó el sonido de los dedos de él tecleando en la pantalla. Estaba exhausta hasta los huesos y, sin darse cuenta, cayó rendida.

Cuando despertó de nuevo, ya era de madrugada.

Marta tocó la puerta y asomó la cabeza; traía a Reni llorando en brazos.

En cuanto escuchó a su hija, Amaya se sentó como resorte en la cama y la tomó en brazos.

Echó un vistazo rápido por la recámara y, al no ver a Diego por ningún lado, sus ojos perdieron un poco de brillo:

—¿Que no dijo que él se iba a quedar a cuidarla? ¿En dónde se metió?

En lo que quedó de la madrugada, Amaya se mortificó sola dando de vueltas en la cama sin poder pegar el ojo.

Cerró los ojos y, en su cabeza, empezaron a repetirse todos esos momentos increíbles que había vivido con Diego.

Se acordó de la primerita vez que lo vio, allá en la universidad.

En ese entonces ella todavía era una estudiante, y él ya pintaba para ser uno de los empresarios jóvenes más importantes de Solsepia.

A ella le tocó entrevistarlo para el periódico de la escuela, y quedaron de verse en el auditorio.

Fue una mañana de primavera; los rayos de sol que entraban por la ventana le daban justo a él.

Traía puesto un traje oscuro que le quedaba como anillo al dedo, se veía alto e impecable. Con su voz firme y pausada, le platicó sobre todo lo que había batallado y aguantado para levantar su empresa.

Amaya estaba sentada frente a él, con su cabello cortito y alborotado, vestida con una playera blanca y unos jeans azul claro, escuchándolo muy atenta.

Cada palabra que salía de la boca de ese hombre parecía tener cierta magia que le llegaba directo al corazón. Tanto, que a Amaya le temblaba la mano con la que agarraba la pluma, y sentía el corazón a mil por hora.

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