Pero ahora lo veía con claridad. Diego estaba aferrado a no firmar el divorcio, soñando con restaurar su matrimonio y con traer a Renata de regreso.
Realmente estaba viviendo en una fantasía absurda.
Sin embargo... ¡ella no iba a permitir que se saliera con la suya!
El sueño había desaparecido por completo; Amaya caminaba en círculos por la habitación, hirviendo en ira.
Una vez que logró calmar sus pensamientos, sacó su teléfono y marcó el número de Saúl:
—Saúl, te tengo malas noticias...
A Saúl el corazón se le subió a la garganta.
—Señorita, ¿qué ocurrió?
—Diego me amenazó con un video íntimo del pasado de mi madre. Ahora no tengo más remedio que regresar temporalmente a Villa Jardín del Edén. Además, me exige que traiga a mi hija y solo me dio tres días.
Saúl frunció el ceño, con el rostro endurecido.
—¿Quiere que lleve a mis hombres para allá ahora mismo? Puedo ir a...
Amaya lo interrumpió de inmediato.
—Esta vez nos tiene acorralados, un enfrentamiento directo no funcionará. Por ahora me toca ceder unos días. Quiero que busques e investigues hasta el fondo cualquier trapo sucio de todos y cada uno de los miembros de la familia Muñoz. Consigue cuanto puedas; mientras más graves sean, mejor. ¡Escarba lo más hondo que puedas!
—Necesito desesperadamente algo para contrarrestar la amenaza de Diego, de lo contrario, seguirá usando el video de mi madre para tenerme atada. No solo no podré divorciarme, sino que cada vez estaré peor. ¡Saúl, eres mi única esperanza!
Esa última frase encendió la fría sangre de Saúl como un volcán, y su voz se volvió profunda y determinada.
—De acuerdo. Pero puede que tres días no sean suficientes. Necesito tiempo para armar todo.
Amaya se apresuró a preguntar.
—¿Cuánto tiempo necesitas?
—Me dio un margen de tres días, pero luego me exigirá que traiga a la niña. ¡Y de verdad no quiero que mi hija esté cerca de él!
Saúl guardó silencio un momento.
—...Necesitaré al menos una semana. Lo siento, señorita. Haré lo mejor que pueda.
Una semana... Bueno, de alguna forma tendría que ganar tiempo y alargar el plazo de Diego; sí, eso era posible.
Era un hombre con necesidades fisiológicas normales, y en su círculo profesional sobraban las mujeres dispuestas a mirarlo con deseo, haciéndole insinuaciones obvias. Para ellas, él era la personificación del atractivo.
Pero quién lo diría: estaba en el punto cúspide de su vida, su esposa dormía en la habitación de al lado, y se rehusaba a tocarlo.
El castigo de vivir esa abstinencia forzada era una tortura insoportable.
El pecho de Diego subía y bajaba bruscamente mientras exhalaba aire caliente.
Al no poder resistir más, se levantó de un salto, se quitó el pijama con furia arrojándolo al suelo y entró al baño. Encendió la ducha con desesperación y dejó que el agua helada le cayera directamente en la cabeza.
Con la cabeza hacia atrás y una mano en la cintura, intentó ahogar el ardiente deseo que le quemaba el cuerpo.
Pero en su mente solo aparecía la imagen sensual que Amaya solía tener; específicamente, aquel recuerdo en que llevaba puesta su camisa blanca, con esas piernas radiantes y esbeltas balanceándose frente a él.
El deseo que apenas había sido apagado por el agua fría se encendió como pólvora en un segundo.
Derrotado, cerró el agua de mal humor. Se secó como pudo, se metió bajo las suaves cobijas, cerró los ojos... e intentó calmarse a sí mismo mientras esos recuerdos lo inundaban, dejando que su mano guiara su desespero.
En ese momento.
Se escuchó un leve crujido desde la puerta de la habitación, como si alguien estuviera entrando...

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