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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 45

Tras quedarse en silencio un par de segundos, le dio una orden a Julio:

—Revisa la tarjeta de crédito que le di a mi esposa. ¿Cuánto dinero le queda?

—La tarjeta que le dio a su esposa la ha tenido la señora Josefa todo este tiempo —respondió Julio—. Amaya nunca le ha puesto ni un dedo a ese dinero; todos los gastos los ha hecho su mamá.

Los ojos de Diego se abrieron de par en par:

—¿Qué dijiste? ¿En estos cinco años mi esposa no ha tocado ni un peso? Entonces, ¿cómo le ha hecho durante todo este tiempo?

Diego estaba atónito.

¿Cómo era posible?

Durante estos cinco años, todos los gastos de Villa Jardín del Edén, su ropa de diseñador y hasta los regalos carísimos que ella le daba sumaban una verdadera fortuna. Eso no se pagaba con el simple sueldo de Amaya.

Desde el día en que le entregó la tarjeta, nunca más se preocupó por el asunto. Él daba por hecho que ella usaba ese dinero, por eso siempre tuvo la conciencia tranquila.

—Para nada —continuó Julio—. La señora Josefa la tenía bien checadita y no dejaba que gastara ni un peso de usted. Y como Amaya es muy orgullosa, jamás usó la tarjeta. Además, me pidió que no le dijera nada a usted para no causarle problemas con su mamá...

Diego sintió que el alma se le caía a los pies.

La Amaya de antes era una mujer tan comprensiva, siempre buscando la forma de cuidarlo y poniéndose en sus zapatos.

A pesar de las groserías que le hacían, nunca buscó que él la defendiera, con tal de no arruinar la relación entre él y su madre.

Pero, si nunca usó su dinero en estos cinco años, ¿de dónde sacaba tanto para cubrir gastos tan fuertes?

¿Acaso todo lo que le dijo Camilo era verdad?

¿De verdad se la pasaba agarrando trabajitos por fuera, además de cumplir con su horario en la empresa?

Diego sintió una punzada de culpa en el pecho, y su tono de voz se suavizó sin darse cuenta:

—Ya veo por qué ha andado tan alterada últimamente... Tiene sus razones. Fui yo quien la descuidó demasiado.

—Jefe, hay algo que siempre quise decirle, pero no sabía si era prudente —comentó Julio.

—Habla.

—Con todo respeto, señor... Cuando Amaya estaba embarazada, los ascos la dejaron en los huesos y usted ni en cuenta. Y encima, le cargó muchísimo más trabajo... La verdad, sí se pasó de la raya.

Qué bueno que ahora vivía en un lugar con un nivel de seguridad impecable; de lo contrario, sentiría bastante miedo.

Josefa entró con cara de pocos amigos y las manos en la cintura. Con actitud arrogante, pasó directo y se dejó caer en el sillón de la sala:

—Cincuenta millones. Amaya, te ofrezco cincuenta millones de pesos para que te divorcies de Diego y para que tu hija renuncie a cualquier lazo con la familia Muñoz. ¡Puedes firmar hoy mismo!

—Pero tengo una condición. A partir de hoy, agarras a tu hija y te largas de Solsepia. De preferencia desaparece para siempre y deja en paz a Diego y a Vera. ¿Trato?

Josefa tenía una pose de estar haciendo un enorme sacrificio, mirándola con tal altivez que parecía que esos cincuenta millones eran una cifra inalcanzable en la vida de Amaya.

Amaya la miró con total frialdad.

Nada de lo que la mujer le estaba diciendo le causaba la más mínima emoción. Pero cuando mencionó a su hija con ese tono de voz tan frío y sin alma, sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.

Se suponía que ella era la abuela biológica de Renata.

Pero en ese momento, no percibió ni una sola gota de cariño familiar en ella.

La forma en la que hablaba de la niña dejaba muy claro que, para la familia Muñoz, la pequeña era solo un estorbo del que urgía deshacerse a como diera lugar.

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