Cincuenta millones de pesos para comprar su divorcio, para que Reni cortara lazos con la familia Muñoz... Si no lo hubiera escuchado con sus propios oídos, Amaya no creería que vivía en el siglo veintiuno.
¿Acaso su hija no era una persona?
Tampoco es que la familia Muñoz tuviera una corona real que heredar, ¿verdad?
Amaya se echó a reír, una risa de pura incredulidad. Temblaba de pies a cabeza, con un nudo en la garganta tan apretado por el coraje que ni siquiera podía hablar.
Pero quien estaba aún más furiosa era Sofía, que escuchaba a escondidas detrás de la puerta con una espátula en la mano.
Cuando escuchó el alboroto, Sofía estaba cocinando en su departamento, planeando hacer algo sencillo para comer con Amaya.
Al oír tantos pasos afuera, supo que algo andaba mal, así que agarró su espátula y corrió hacia la puerta de su amiga.
La puerta estaba entreabierta. No entró de inmediato, pero escuchó cada palabra de la conversación con total claridad.
Sofía no pudo aguantarse más e irrumpió en la casa. Agarró la espátula, que todavía tenía semillas de chile, y apuntó directamente hacia Josefa:
—¡Qué bruja tan mala eres, Josefa! ¡No puedo creer que exista una abuela tan desalmada en este mundo!
—¡Reni lleva tu propia sangre! Desde que nació, la única vez que la viste te diste la media vuelta y te fuiste, ¡y ahora tienes el descaro de venir a comprar su separación con dinero!
—¡Con razón su familia está cada vez más sola! ¡Es por tu culpa, por ser una víbora! ¡A ver, ten los ovarios de repetir lo que acabas de decir! ¡Te voy a grabar y lo voy a subir a internet para que todos vean lo machista y doble moral que eres!
Se hizo un silencio cargado de tensión.
Sofía temblaba del coraje, agitando la espátula mientras gritaba y manoteaba hacia ella.
Josefa nunca se había enfrentado a algo así. Palideció del susto, cubriéndose la cabeza y retrocediendo para esconderse, pero en un descuido, unas semillas de chile volaron de la espátula directo a sus ojos.
—¡Ahhh! —gritó Josefa.
Sintió que los ojos le ardían como fuego y soltó un alarido de dolor insoportable.
Se cubrió el rostro, llorando sin parar. Sin poder defenderse, salió huyendo a trompicones de la casa de Amaya junto con la gente que la acompañaba.
Al verla huir tan humillada, Amaya y Sofía se miraron, sonrieron y chocaron los cinco antes de soltar una carcajada.



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